Durante décadas, la ciencia ha buscado el origen del Alzheimer en el cerebro, pero un nuevo estudio publicado en Nature Communications desplaza la mirada hacia el intestino: una molécula llamada propionato de imidazol, producida por bacterias intestinales, se asocia con mayor acumulación de las proteínas características de la enfermedad y con un deterioro cognitivo más acelerado. El hallazgo no solo reencuadra la pregunta sobre dónde comienza el daño, sino que abre la posibilidad de intervenir mucho antes de que el cerebro muestre señales irreversibles.