Durante casi veintidós años, el observatorio Neil Gehrels Swift ha sido un centinela silencioso del cosmos, capturando los destellos más fugaces del universo. Ahora, vencido por la fricción atmosférica y por la imposibilidad técnica de un rescate sin precedentes, se prepara para consumirse en la atmósfera terrestre antes de que termine 2026. El satélite LINK, construido en apenas nueve meses por Katalyst Space Technologies, no pudo dominar su propio vuelo lo suficiente como para acoplarse a Swift y elevarlo a salvo. En el fracaso, sin embargo, late una promesa: la humanidad ha aprendido algo n