Una promesa académica de dos décadas —que los mercados podrían pensar colectivamente y revelar el futuro con más precisión que cualquier experto— ha llegado a su madurez convertida en algo inesperado: cincuenta mil millones de dólares anuales que fluyen, en su mayoría, hacia apuestas deportivas. Los mercados de predicción no fallaron; simplemente obedecieron la lógica más antigua del intercambio humano, que prefiere la emoción inmediata a la sabiduría diferida. Lo que Wolfers y Zitzewitz imaginaron como un oráculo económico se convirtió, ante todo, en entretenimiento con precio.