El viento es el enemigo invisible que transforma un fuego controlado en catástrofe
En las alturas del sur peruano, el fuego se ha convertido en un compañero implacable del año 2021: más de ciento veinte incendios han reducido a cenizas cuatro mil hectáreas de la región de Cusco, una extensión que equivale a siete distritos enteros de Lima. Lo que comienza como una quema ancestral de malezas en las chacras campesinas termina, empujado por el viento, en una devastación que el sistema judicial, los bomberos y las autoridades locales luchan por contener con recursos insuficientes y leyes incompletas. Detrás de cada hectárea perdida hay vidas humanas, animales, bosques y una pregunta que la región andina no ha terminado de responder: ¿cuánto puede arder antes de que algo cambie?
- Entre tres y cuatro incendios estallan cada día en Cusco, alimentados por el viento de las tardes que convierte quemas agrícolas controladas en infiernos que devoran bosques enteros.
- El costo humano es irreversible: once personas murieron el año anterior y una más ha fallecido en 2021, mientras los procesos judiciales avanzan con una lentitud que contrasta con la velocidad del fuego.
- Los bomberos responden a emergencias con camionetas de los años ochenta que se descomponen en la ruta, obligándolos a pedir vehículos prestados a otras instituciones y llegando tarde cuando el tiempo es lo único que importa.
- La Fiscalía Ambiental tiene trescientas cincuenta investigaciones abiertas, pero un vacío legal permite que la quema de pastizales —que no califica como delito— siga ocurriendo sin consecuencias claras para quienes la provocan.
- Mientras las autoridades debaten legislación y recursos, dos incendios continuaban activos al cierre de esta nota: el fuego no aguarda soluciones administrativas.
En Cusco, el fuego no ha descansado en 2021. Más de ciento veinte incendios forestales han consumido cuatro mil hectáreas en la región andina del sur peruano —una extensión que, trasladada a Lima, equivaldría a que Barranco, Miraflores, San Isidro, Magdalena, Lince, La Victoria y San Luis desaparecieran bajo las cenizas.
El brigadier José Arellano, jefe de la IX Comandancia Departamental de Bomberos de Cusco, describe una realidad sin tregua: entre tres y cuatro incendios cada día. La causa es casi siempre la misma: campesinos queman las malezas de sus chacras, una práctica ancestral que el viento transforma en catástrofe. Por las tardes, cuando el aire sopla con fuerza, el fuego se vuelve incontrolable. Los bomberos madrugaban para intentar sofocarlo antes de que el viento lo avivara, pero lo hacen con camionetas de los años ochenta que se descomponen en la ruta. Arellano estima que se necesitan al menos dieciséis vehículos nuevos para responder con eficacia.
El costo humano es devastador. El año anterior murieron once personas en incendios forestales en Cusco; en 2021, una más ha fallecido. La Fiscalía Especializada en Materia Ambiental tiene alrededor de trescientas cincuenta investigaciones abiertas. El fiscal José Odicio explica que el veinte por ciento ya tiene personas identificadas, y que la mitad de ese grupo cuenta con sentencias, aunque muchos se acogen a terminaciones anticipadas que les permiten evitar la cárcel.
Odicio también señala un vacío legal crítico: la legislación sanciona quemar bosques, pero no pastizales, y muchos cerros quemados caen en esa categoría. Es una grieta que permite que el fuego siga sin consecuencias claras. El alcalde Víctor Boluarte reconoce que las charlas informativas a comunidades campesinas han reducido los incendios en la provincia, pero advierte que la amenaza persiste. Mientras se escribía esta nota, dos incendios continuaban activos en San Jerónimo y Limatambo. El fuego no espera.
En Cusco, el fuego no descansa. Desde el inicio de 2021, más de ciento veinte incendios forestales han consumido más de cuatro mil hectáreas de territorio en la región andina del sur peruano. Para dimensionar lo que eso significa: si esa extensión de tierra quemada se trasladara a Lima Metropolitana, equivaldría a que siete distritos completos —Barranco, Miraflores, San Isidro, Magdalena, Lince, La Victoria y San Luis— desaparecieran bajo las cenizas. Son seiscientos quince Campos de Marte. Son treinta y dos mil piscinas olímpicas. Son cuarenta kilómetros cuadrados de bosque, maleza y vida convertidos en nada.
El brigadier José Arellano, jefe de la IX Comandancia Departamental de Bomberos de Cusco, describe una realidad que se repite sin tregua: entre tres y cuatro incendios cada día. No son números abstractos. Son llamadas que llegan a la estación, son camiones que salen, son hombres que corren hacia el fuego cuando la mayoría corre en sentido contrario. El viento es el enemigo invisible. Por las tardes, cuando sopla con fuerza, el fuego se vuelve incontrolable. Por eso los bomberos madrugaban, intentando sofocar las llamas antes de que el aire las avive.
La causa es casi siempre la misma: campesinos queman las malezas de sus chacras, una práctica común y ancestral. Pero el viento no respeta límites. Lo que comienza como un fuego controlado en una parcela se convierte en un infierno que devora bosques enteros. Es un ciclo que se repite cada año, pero este 2021 ha sido particularmente severo.
La Fiscalía Especializada en Materia Ambiental de Cusco tiene alrededor de trescientos cincuenta investigaciones abiertas por incendios forestales. El fiscal José Odicio explica que el veinte por ciento de esos casos ya tiene personas identificadas; el resto aún busca responsables. De ese veinte por ciento, la mitad ya cuenta con sentencias. Muchos de los investigados se acogen a terminaciones anticipadas, una figura legal que les permite evitar la cárcel. Es un sistema que funciona, pero lentamente, y que deja la sensación de que el castigo es menor que el daño.
El costo humano es real y devastador. El año anterior, once personas murieron en incendios forestales en Cusco. Este año, hasta el momento de la publicación, una persona había fallecido. Esos casos están en etapa de inicio de juicio oral, lo que significa que el sistema judicial apenas comienza a procesar lo que sucedió. Mientras tanto, el fuego sigue ardiendo.
Víctor Boluarte, alcalde de Cusco, reconoce que las charlas informativas realizadas por la municipalidad hacia las comunidades campesinas han reducido los incendios en la provincia este año. Pero subraya que el problema persiste como una amenaza latente. Invoca a la población a tomar conciencia: estos eventos no solo matan personas, también acaban con animales, árboles y contaminan el ambiente. Es un llamado que suena urgente, casi desesperado.
Las limitaciones operativas son evidentes. Arellano señala que los bomberos necesitan al menos dieciséis nuevas camionetas para reemplazar los vehículos de los años ochenta que aún utilizan. Esas unidades viejas se descomponen en la ruta. Cuando eso sucede, tienen que pedir prestadas camionetas de otras instituciones para llegar a las emergencias. La respuesta es más lenta, menos eficiente. El tiempo es lo que no tienen.
Odicio también identifica un vacío legal: la legislación sanciona quemar un bosque o una formación boscosa, pero hay cerros y cerros quemados que resultan ser pastizales, y eso no califica como delito. Es una grieta en la ley que permite que el fuego siga sin consecuencias claras. Mientras se escribía esta nota, dos incendios forestales continuaban activos: uno en San Jerónimo y otro en Limatambo. El fuego no espera a que se resuelvan los problemas administrativos.
Citas Notables
Por día tenemos entre tres y cuatro incendios en diferentes lugares— Brigadier José Arellano, jefe de la IX Comandancia Departamental de Bomberos de Cusco
Estas unidades se malogran en la ruta y tenemos que prestarnos de otras instituciones para llegar a las emergencias— José Arellano, sobre la necesidad de nuevas camionetas
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué el viento es tan importante en estos incendios? ¿No pueden simplemente apagarlo?
El viento es lo que transforma un fuego controlado en una catástrofe. Un campesino quema malezas en su chacra, algo que ha hecho durante generaciones. Pero cuando el viento sopla, ese fuego salta hacia el bosque y se propaga sin control. Los bomberos no pueden luchar contra el viento. Por eso madrugaban, intentando sofocar las llamas antes de que el aire las despertara.
Mencionas que muchos investigados evitan la cárcel mediante terminaciones anticipadas. ¿Eso significa que no hay castigo real?
Hay castigo, pero es limitado. El sistema permite que los responsables se acojan a una figura legal que reduce las consecuencias. Es pragmático en cierto sentido, pero también significa que el incentivo para cambiar el comportamiento es débil. Si sabes que puedes evitar la cárcel, ¿qué te detiene de quemar malezas nuevamente el próximo año?
¿Cuál es el verdadero problema aquí? ¿La falta de recursos de los bomberos o la falta de conciencia de la población?
Es ambos. Los bomberos tienen camionetas de los años ochenta que se descomponen en la ruta. Eso es una realidad operativa brutal. Pero también hay un problema cultural: la quema de malezas es una práctica ancestral. Cambiar eso requiere educación, y la municipalidad está intentándolo con charlas informativas. Pero la educación es lenta, y el fuego es rápido.
¿Qué significa que once personas murieron el año pasado pero solo una este año?
Podría significar que las medidas de prevención están funcionando, o podría ser solo una variación estadística. Una muerte es una muerte. Pero el número sugiere que algo cambió, aunque sea marginalmente. El problema es que no sabemos si es sostenible o si es solo una pausa antes de que vuelva a empeorar.
El fiscal menciona que la ley no sanciona quemar pastizales. ¿Eso es una excusa o un vacío real?
Es un vacío real que tiene consecuencias prácticas. Hay cerros quemados, pero si resultan ser pastizales y no bosques, técnicamente no es delito. Es una grieta que permite que el fuego siga sin castigo claro. El fiscal está pidiendo que se mejore la legislación, pero eso requiere que el Congreso actúe, y eso es lento.