En las estructuras del poder, la lealtad personal ha encontrado históricamente su recompensa en los márgenes del sistema: puestos discretos, bien remunerados y alejados del escrutinio público. El ministro del Interior Fernando Grande-Marlaska designó en julio a uno de sus escoltas personales como jefe de seguridad en el consulado español de Tánger, con un salario superior a los 12.000 euros mensuales, sin convocatoria ni competencia abierta. El caso no es una anomalía sino un eslabón en una cadena de favoritismos documentados que atraviesa administraciones de distinto signo, recordándonos que