Los menores se fijan en lo que hacen sus referentes, empezando por sus padres
En el espacio íntimo entre padres e hijos, una pantalla puede convertirse en una pared invisible. Un estudio con 600 adolescentes publicado en Frontiers in Psychology confirma lo que muchos niños ya intuían: cuando los progenitores priorizan el móvil sobre la mirada, los hijos crecen con mayor inseguridad emocional y ansiedad. El llamado 'phubbing' parental no es solo un gesto de descortesía cotidiana, sino una señal que los menores leen como desplazamiento afectivo, y que los empuja a buscar en las redes sociales la validación que no encuentran en casa.
- Una pregunta de una niña a su padre —'¿quieres más a tu teléfono que a mí?'— resume la herida emocional que el uso excesivo del móvil parental está dejando en toda una generación.
- El estudio confirma una correlación directa: a mayor distracción parental por dispositivos, mayor inseguridad emocional en adolescentes de entre 12 y 17 años.
- Los menores afectados no solo sienten que no son escuchados; también tienden a reproducir esa desconexión y a buscar aprobación compulsiva en redes sociales.
- Expertos advierten que los millennials, primera generación de nativos digitales convertidos en padres, son especialmente vulnerables a desarrollar dependencia tecnológica sin percibir su impacto en el hogar.
- La solución propuesta es concreta: establecer zonas y momentos libres de móvil —especialmente en las comidas— para recuperar la interacción cara a cara como eje de la vida familiar.
Todo comenzó con una pregunta devastadora: una niña le preguntó a su padre, el investigador Don Grant, si quería más a su teléfono que a ella. Esa conversación privada se convirtió en el motor de una investigación en Newport Healthcare sobre cómo la distracción parental con dispositivos móviles afecta la salud mental de los hijos adolescentes.
El estudio, publicado en Frontiers in Psychology, analizó a 600 jóvenes de entre 12 y 17 años. Se les pidió que evaluaran la frecuencia con la que sus padres se distraían con el móvil y cómo eso afectaba su percepción de atención y disponibilidad. Los resultados fueron contundentes: una mayor distracción parental se correlacionaba con niveles más altos de inseguridad emocional. Grant reconoció haber quedado sorprendido por la magnitud del fenómeno, y señaló que los millennials —primera generación de nativos digitales ahora convertidos en padres— son especialmente vulnerables a esta dependencia.
El llamado 'phubbing' parental —ignorar a quien tienes delante por mirar el móvil— no solo genera ansiedad en los menores, sino que los hace sentir desplazados dentro del núcleo familiar. Según Walter Jones, de la plataforma Adolescencia Libre de Móviles, muchos niños reconocen en charlas escolares que deben repetirles las cosas a sus padres porque estos no les prestan atención. Esa sensación de invisibilidad los empuja a buscar validación en las redes sociales.
El problema se enmarca en un contexto más amplio: la evidencia científica sobre el daño de las pantallas en el desarrollo infantil es sólida, y tanto en España como en Francia se avanza hacia la prohibición de redes sociales para menores de 16 años. Diego Hidalgo, del Movimiento Off, subraya que la ejemplaridad adulta es clave: los hijos interiorizan los comportamientos de sus referentes, y si ven a sus padres permanentemente distraídos, tenderán a reproducirlo.
La solución, dicen los expertos, no requiere tecnología sino voluntad: dejar el móvil fuera de las habitaciones, no usarlo durante las comidas y crear espacios de interacción sin interrupciones digitales. Pequeños gestos que, en el fondo, le dicen a un hijo que sí, que importa más que cualquier pantalla.
Una psicóloga clínica hizo una pregunta a su colega que lo cambió todo: ¿quieres más a tu teléfono que a mí? La pregunta venía de su hija. El colega, el doctor Don Grant, se quedó sin palabras y se sintió devastado. Pero esa conversación privada apuntaba hacia algo más grande: una investigación que Grant estaba desarrollando en el Centro de Investigación e Innovación de Newport Healthcare, en Estados Unidos, sobre cómo la distracción de los padres con sus móviles afecta a la salud mental de sus hijos adolescentes.
La ciencia ya sabía que las pantallas dañan el desarrollo neurológico de los niños. Las escuelas y las familias en toda España trabajan para limitar el tiempo que los menores pasan frente a ordenadores, móviles y tabletas. Pero hay un aspecto que suele pasar desapercibido: el comportamiento de los propios padres. Un estudio publicado recientemente en la revista Frontiers in Psychology reveló que los adolescentes cuyos progenitores se distraen frecuentemente con sus dispositivos tienden a mostrar conductas más inseguras, lo que puede tener consecuencias negativas en su bienestar futuro. Grant decidió investigar si realmente la sobreexposición al móvil de los padres afecta a cómo se relacionan los hijos con otros.
Para medir esto, el equipo de Grant pidió a 600 adolescentes de entre 12 y 17 años que evaluaran cómo se sentían respecto al móvil de sus padres y cómo percibían que eso afectaba la atención, disponibilidad e interacciones con ellos. El objetivo era ver si existía una correlación entre puntuaciones altas en esta medición y un nivel elevado de inseguridad en otras pruebas. La respuesta fue afirmativa. Grant quedó sorprendido por la magnitud del problema. Los millennials, ahora convertidos en padres y considerados la primera generación de nativos digitales, son potencialmente más vulnerables a desarrollar una dependencia de sus dispositivos, señaló.
Walter Jones, portavoz de la plataforma Adolescencia Libre de Móviles, confirmó que existen estudios que vinculan el phubbing parental —la práctica de ignorar a quien tienes delante por estar mirando el móvil— con problemas de ansiedad. También hace que los niños se sientan desplazados en el núcleo familiar y sean más propensos a buscar aprobación en las redes sociales. Jones y sus colegas dan charlas en escuelas e institutos donde preguntan a los menores si sufren phubbing parental. Muchos responden que sí, que a menudo tienen que repetirles las cosas a sus padres porque están con el móvil y no les escuchan cuando hablan.
Los efectos nocivos de las pantallas en el desarrollo cognitivo están documentados. La Asociación Española de Pediatría recomienda que hasta los seis años no se usen pantallas, y entre los siete y los 12 años se limite a una hora diaria. Un metaestudio con datos de 300.000 niños confirmó que quienes usan más pantallas a los cinco años tienen más problemas a los siete. Los móviles también son la puerta de entrada a contenidos tóxicos o ilegales, por lo que muchas familias tratan de retrasar el acceso de los adolescentes a estos dispositivos. En Estados Unidos, los tribunales han responsabilizado a plataformas como Instagram y YouTube de generar adicción entre menores. En Francia y España se está tramitando la prohibición de las redes sociales entre adolescentes, con límites de edad establecidos en los 16 años.
Diego Hidalgo, fundador del Movimiento Off, una iniciativa que desarrolla acciones para combatir la alienación tecnológica, señala que existe cada vez más evidencia de que la hiperconexión digital ha contribuido al deterioro de la salud mental en los últimos 15 años de forma uniforme en todo el mundo. Para Hidalgo, no se puede ignorar el papel de la ejemplaridad. Los menores se fijan en lo que hacen sus referentes, comenzando por sus padres. Si interiorizan que los adultos están constantemente distraídos y no prestan atención a sus seres más cercanos y queridos, tenderán a reproducir ese tipo de comportamiento.
Los teléfonos inteligentes se volvieron omnipresentes hace poco más de una década. En 2013 superaron en ventas a los móviles convencionales. Grant comenzó a observar comportamientos preocupantes en el uso de dispositivos por parte de los padres, mientras que algunos de sus pacientes adolescentes expresaban sentimientos negativos al respecto. La solución, según los expertos, es sencilla pero no siempre fácil: usar menos el móvil en presencia de los hijos, especialmente cuando los mensajes de trabajo llegan fuera del horario laboral. Hidalgo propone normas básicas para una convivencia digital saludable: dejar el teléfono en un lugar determinado fuera de las habitaciones, no llevarlo encima para que no interrumpa, y no usarlo durante las comidas, momentos en los que la familia puede interactuar de forma relajada. Debe haber momentos dedicados puramente a la interacción cara a cara, sin posibilidad de interrupciones.
Citas Notables
Este problema parece estar mucho más extendido de lo que yo mismo pensaba. Los millennials, que ahora están empezando a ser padres, deben conocer este estudio.— Doctor Don Grant, Centro de Investigación e Innovación de Newport Healthcare
Hay estudios que relacionan el phubbing parental con problemas de ansiedad y hacen que los niños se sientan desplazados en el núcleo familiar.— Walter Jones, portavoz de Adolescencia Libre de Móviles
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué este estudio de Grant importa ahora, en 2026, cuando ya sabemos que las pantallas son dañinas?
Porque hasta ahora el foco estaba en lo que los niños ven. Este estudio dice que el problema no es solo lo que miran, sino lo que ven en sus padres. Es el efecto espejo.
¿Entonces el phubbing parental es peor que dejar que un niño use un móvil?
No es peor o mejor. Es diferente. Un niño con un móvil se aísla. Un niño con un padre que ignora su móvil se siente rechazado. Uno es distracción, el otro es abandono percibido.
La pregunta de la hija a su padre —¿quieres más a tu teléfono que a mí?— suena como algo que muchos padres escucharían como una exageración.
Pero no es exageración. Es lo que el niño ve. Ve que cuando habla, el padre mira hacia abajo. Ve que las notificaciones tienen prioridad. Eso no es una interpretación, es una observación.
¿Qué diferencia hay entre un padre que revisa el móvil durante la cena y uno que lee el periódico?
La velocidad de la interrupción. El periódico es pasivo. El móvil es activo, constante, impredecible. Además, el periódico no te notifica. El móvil sí.
¿Los expertos creen que los padres pueden cambiar esto?
Sí, pero requiere una decisión consciente. No es suficiente saber que es dañino. Hay que crear rituales: comidas sin móviles, habitaciones sin dispositivos. Espacios donde el móvil simplemente no existe.
¿Y si el trabajo exige estar conectado?
Entonces hay que ser honesto con los hijos sobre eso. Pero la mayoría de las veces, la conexión constante es un hábito, no una necesidad real.