En São Paulo, el primer debate presidencial de la campaña brasileña de 2026 transcurrió con los atriles de los candidatos más poderosos vacíos: Lula, presidente en funciones y líder de las encuestas, prefirió una entrevista simultánea en TV Record, mientras que Flávio Bolsonaro y Romeu Zema también se ausentaron. Lo que quedó sobre el escenario fue, más que un debate, un espejo de la lógica electoral moderna: cuando la ventaja es suficiente, el silencio estratégico puede pesar más que cualquier argumento.