En el umbral de las elecciones brasileñas, el presidente argentino Javier Milei cruzó una línea que los líderes rara vez atraviesan: intervino abiertamente en la campaña de un país vecino, insultando a su mandatario en ejercicio con la presencia formal de su propia cancillería. Lo que pudo haber sido una provocación personal se convirtió en un acto de Estado, y Brasil —con su dignidad institucional en juego— sopesa ahora cómo responder a una afrenta que no tiene precedentes recientes en la diplomacia latinoamericana.