Un vaso de agua, una caricia en la mano. Eso es dar amor.
Cada año, México despliega sus ofrendas más coloridas para honrar a los muertos, pero cuando la pérdida llega de verdad, muchas familias se descubren sin brújula emocional. La tanatóloga Josefina García ha pasado décadas escuchando la misma pregunta desarmada: ¿y ahora qué hacemos? Su respuesta no es un consuelo rápido, sino una invitación a entender el duelo como un camino con etapas, con salida, y con la posibilidad de transformar el dolor en memoria viva.
- La muerte llega a la mayoría de los hogares mexicanos sin aviso emocional: sin planes, sin conversaciones pendientes, sin nada decidido de antemano.
- La pandemia agudizó la crisis: personas que entraron vivas a hospitales salieron en cenizas, y familias enteras quedaron sin la oportunidad de despedirse.
- Las ofrendas del Día de Muertos son rituales genuinos de amor y memoria, pero no ofrecen herramientas psicológicas para atravesar el duelo que viene después.
- La tanatología propone un proceso en etapas —negación, ira, aislamiento, negociación y aceptación— que convierte la ausencia en legado en lugar de en herida sin cierre.
- García sostiene que lo que permanece no es el dinero ni las soluciones prácticas, sino los gestos pequeños: un vaso de agua, una caricia, la presencia repetida junto al que se va.
Cuando alguien muere, la pregunta que paraliza a las familias mexicanas es casi siempre la misma: ¿y ahora qué hacemos? Josefina García, tanatóloga y escritora, ha escuchado esa angustia incontables veces. Lo que la sorprende no es la pregunta, sino que tan pocas personas llegan a ese momento con algo ya pensado, con las cosas mínimamente arregladas.
México tiene una relación singular con la muerte. Las ofrendas anuales, la comida, el vino, los colores: García los describe como actos de amor genuino, formas de decirle a los difuntos que los recordamos. Son rituales profundos, enraizados en la cultura. Pero ahí está la paradoja: los mexicanos celebran esos rituales cada año sin estar realmente preparados para transitar el duelo que los acompaña.
García lo vivió en carne propia. Perdió a sus padres ya entrada en los cincuenta años, y el impacto fue devastador de todas formas. Su padre no dejó nada preparado; su madre sí, porque hubo tiempo para hablar. Esas experiencias la llevaron a escribir Instrucciones para después de mi partida. Fue la pandemia, sin embargo, la que le dio urgencia nueva a su trabajo: vio personas entrar vivas a hospitales y salir en cenizas, familias rotas, gente que buscaba hijos desaparecidos cargando un dolor que parecía sin fondo.
El duelo, explica García, ocurre en etapas que no siempre siguen un orden limpio: negación, ira, aislamiento, negociación y, finalmente, aceptación. No una aceptación que borra el dolor, sino una que lo transforma. Se aprende a vivir con la ausencia física y a reconocer lo que la persona dejó como un tesoro, como instrucciones para seguir.
Cuando cuidó a su madre, enferma de Alzheimer, García tuvo que aprender desde cero. Descubrió que lo importante no era poder hacer más, sino valorar lo que sí hizo: un baño, una salida al sol, una caricia en la mano. Con su padre, que no dejó nada preparado, llegó a la misma conclusión: lo que queda no son los arreglos prácticos, sino haber estado ahí.
Lo que García intenta transmitir es que el duelo tiene etapas y tiene salida, y que nadie debería enfrentarlo completamente desarmado. Los mexicanos saben dar, dice. Lo que les falta es entender que ese dar —pequeño, repetido, presente— es exactamente lo que permanece cuando todo lo demás se va.
Cuando muere alguien cercano, la pregunta que atraviesa a las familias mexicanas es casi siempre la misma: ¿y ahora qué hacemos? Josefina García, tanatóloga y escritora, ha escuchado esta angustia repetida en innumerables ocasiones. Lo que la sorprende no es la pregunta en sí, sino cuán pocas personas llegan a ese momento con algo ya decidido, con un plan, con las cosas arregladas. La mayoría enfrenta la muerte sin preparación previa, sin haber pensado en lo que vendrá después.
México tiene una relación particular con la muerte. Cada año se celebran ofrendas coloridas, se coloca comida y vino, se honra a los que se fueron. García explica que estos rituales son actos de amor genuino, formas de decir a los difuntos que recordamos lo que querían, lo que pedían. Las ofrendas llenan el corazón de gozo y de tristeza a la vez, porque en el acto de dar se reactiva la memoria. Son rituales amorosos, profundos, enraizados en la cultura. Pero aquí está la paradoja: los mexicanos celebran estos rituales cada año sin estar realmente preparados para superar el proceso de duelo que los acompaña.
La propia García vivió esto. Perdió a sus padres, y aunque ya tenía 56 años cuando ocurrieron esas muertes, el impacto fue devastador. Su padre no dejó sus asuntos preparados; su madre sí, porque García tuvo la oportunidad de hablar con ella antes. Esas experiencias personales, combinadas con lo que vio en otros, la llevaron a escribir un libro: Instrucciones para después de mi partida. Pero fue la pandemia la que le dio una urgencia nueva a su trabajo. Vio a personas entrar vivas a hospitales y salir en cenizas. Vio la desesperación, el quiebre familiar, las historias de gente que no pudo despedirse. Vio también a quienes buscaban a sus hijos desaparecidos, cargando un dolor que parecía sin fondo.
García describe el duelo como un proceso que ocurre en etapas, aunque no siempre en orden limpio. Primero viene la negación: ¿por qué a mí?, ¿por qué se murió? Luego el coraje, la ira. Después el aislamiento, ese hundimiento en la tristeza. Viene entonces una especie de negociación, a veces religiosa, a veces no. Y finalmente, si se permite el proceso, la aceptación. No es una aceptación que borra el dolor, sino una que lo transforma. Se aprende a vivir con la ausencia física, se reconoce lo que la persona dejó atrás como un tesoro, como instrucciones para seguir viviendo.
Cuando García cuidó a su madre, quien murió de Alzheimer, enfrentó una enfermedad que no conocía. Tuvo que aprender a cuidarla desde cero. En lugar de sentirse presionada por no poder hacer más, aprendió a valorar lo que sí hizo. Con su padre fue diferente: no dejó nada preparado. Pero García descubrió que eso no era lo importante. Lo importante era haber estado ahí. Un vaso de agua dado con cuidado, un baño, una salida al sol, una caricia en la mano. Eso es dar amor, y es lo que queda cuando todo lo demás se va.
Lo que García intenta transmitir es que la mayoría de las personas sí tienen momentos en los que pueden ofrecer algo a quien está muriendo. No siempre es dinero, no siempre es una solución práctica. A veces es simplemente presencia, atención, un gesto pequeño repetido. Eso es lo que la gente recibe y lo que permanece. Los mexicanos están acostumbrados a dar, dice García. Lo que les falta es la preparación emocional para entender que el duelo es un camino que se puede transitar, que tiene etapas, que tiene salida. No es algo para lo que haya una solución rápida, pero tampoco es algo para lo que uno deba estar completamente desarmado.
Notable Quotes
Es muy poca gente la que dice, ya tengo todo arreglado— Josefina García, tanatóloga
La ofrenda es un ritual amoroso, para recordar a alguien que amas y que has amado mucho tiempo— Josefina García
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué crees que los mexicanos celebran la muerte cada año pero no se preparan para vivirla?
Porque la celebración es un ritual que ya conocemos, que heredamos. Dar ofrendas, recordar, eso sabemos hacerlo. Lo que no sabemos es cómo procesar el dolor que viene después, cómo vivir sin esa persona.
¿La pandemia cambió algo en cómo la gente enfrenta el duelo?
Cambió todo. De repente la muerte no era algo lejano o previsible. Era inmediata, sin despedidas, sin rituales. Vi a familias que no pudieron estar presentes, que no pudieron decir adiós. Eso aceleró mi comprensión de que necesitamos preparación, no solo celebración.
Mencionas que el duelo tiene etapas. ¿Todas las personas las viven en el mismo orden?
No. Algunos se quedan en la negación durante años. Otros saltan entre la ira y la negociación. Pero si alguien entiende que estas etapas existen, que son normales, puede dejar de sentir que está perdiendo la razón.
Tu padre no dejó nada preparado, pero dices que eso no importó al final.
Lo que importó fue haber estado. Un vaso de agua, una caricia. Eso es lo que queda. Muchas personas se sienten culpables porque no pudieron hacer más, pero no ven lo que sí hicieron.
¿Qué esperas que la gente haga con lo que escribiste?
Que se prepare. No solo con papeles y dinero, sino emocionalmente. Que entienda que el duelo es un viaje, no un fracaso. Y que mientras alguien está vivo, todavía hay tiempo para dar lo que se pueda dar.