Durante décadas, la ciencia ha buscado el secreto de la longevidad en el código genético, pero una investigación de la Universidad de Tufts publicada en Innovation in Aging sugiere que los hijos de centenarios heredan algo igualmente poderoso: una manera de alimentarse. Tras veinte años de seguimiento, este grupo mostró menores riesgos de ictus, demencia, diabetes y enfermedad cardiovascular, no por azar, sino por la acumulación silenciosa de pequeñas decisiones en la mesa. La longevidad, al parecer, no es solo un destino biológico, sino también un hábito cultivado.