En el Casco Vello de Vigo, cientos de fieles eligieron el sábado para recorrer la procesión del Cristo de la Victoria, un día antes de la fecha oficial, buscando no solo menor afluencia, sino el espacio interior que la multitud a veces niega. Detrás de esa decisión práctica late algo más antiguo: promesas hechas en momentos de angustia, favores que se consideran recibidos, y la convicción de que la gratitud, a diferencia del ruego, no puede postergarse. Esta tradición viguesa, transmitida de madres a hijas durante décadas, recuerda que la fe popular no es solo creencia, sino también memoria y