En un giro que marca el fin de una era de fe ciega, los mercados financieros han comenzado a exigir pruebas tangibles de que la inteligencia artificial genera riqueza real, no solo promesas. Con los bonos del Tesoro a treinta años superando el 5%, el capital ya no fluye hacia quien más gasta, sino hacia quien mejor convierte ese gasto en márgenes y flujo de caja. Nvidia, Amazon y Microsoft emergen como los arquitectos más sólidos de esta nueva economía de la ejecución, mientras otras grandes tecnológicas descubren que el tamaño no garantiza la relevancia.