Ahora me siento empoderada, como dicen por ahí
Las Guardianas trabajan en la frontera entre favelas y selva, negociando con residentes para preservar la Mata Atlántica mientras abordan urgencias sociales locales. El programa ofrece formación, empoderamiento económico y reconocimiento a mujeres históricamente excluidas del debate ambiental, con efectos positivos en autoestima y cohesión comunitaria.
- 122 mujeres en 25 favelas de Río forman parte del programa Guardianas de la Selva
- La Mata Atlántica, bioma original de la costa brasileña, retiene solo el 27% de su cobertura original
- Ana Márcia recibe 1.700 reales mensuales (aproximadamente 340 dólares) por su trabajo como guardiana
- Alexandra Roque ha fabricado y distribuido casi 27.000 litros de jabón natural durante la pandemia
- El 70% de los trabajadores ambientales municipales son hombres; el programa busca alcanzar paridad de género
Un programa municipal de Río de Janeiro incorpora a 122 mujeres de favelas como 'Guardianas de la selva' para frenar la deforestación ilegal, construcciones irregulares y promover conciencia ambiental en sus comunidades.
Ana Márcia Rodrigues camina por las calles de la favela de Borel, en Río de Janeiro, hacia un rincón que antes era un vertedero y ahora es un jardín cuidado con esmero. Las plantas autóctonas y medicinales que crecen allí representan algo más que vegetación: son el símbolo de un experimento urbano que está transformando la forma en que la ciudad más grande de Brasil aborda la conservación ambiental. Márcia, conocida en el barrio como la tía Márcia, forma parte de un programa municipal llamado Guardianas de la Selva que ha reclutado a 122 mujeres de 25 favelas para liderar la lucha contra la deforestación ilegal y la degradación ambiental desde adentro de sus propias comunidades.
Río de Janeiro se asienta sobre la Mata Atlántica, el bioma que una vez cubrió toda la costa brasileña. Hoy apenas persiste el 27 por ciento de su cobertura original. La ciudad crece en una tensión permanente con la selva: las favelas se expanden sobre laderas que antes estaban cubiertas de vegetación densa, y los residentes más pobres, viviendo en las zonas más altas e inaccesibles, a menudo talan árboles para construir sus casas de ladrillo. Esas construcciones en terrenos inclinados no solo dañan el ecosistema; también generan tragedias durante las lluvias estivales, cuando los deslizamientos de tierra arrasan comunidades enteras. El municipio sostiene que ha controlado la expansión horizontal de las favelas, más común en los años ochenta y noventa, pero las fronteras entre la ciudad y la selva siguen siendo zonas de conflicto constante.
Márcia ha trabajado como educadora ambiental durante 27 años, casi siempre sola, realizando lo que ella describe como un trabajo de hormiga. Ahora recibe una ayuda de 1.700 reales mensuales, aproximadamente 340 dólares, y forma parte de una red de mujeres que se comunican constantemente a través de WhatsApp para monitorear construcciones irregulares, gestionar residuos y cuidar las zonas de reforestación. El apoyo del municipio ha transformado su vida: dice que se siente empoderada después de años de depresión por desempleo. Pero el trabajo sigue siendo peligroso. Para llegar a las zonas de reforestación en las alturas de su favela, Márcia debe pasar junto a narcotraficantes armados con fusiles que vigilan contra incursiones policiales. Conciliar la preservación ambiental con las urgencias sociales de barrios controlados por el crimen organizado requiere negociación constante, y el respeto que estas mujeres tienen en sus comunidades es fundamental para ese diálogo.
Alexandra Roque, guardiana en la favela de Providência, ejemplifica cómo el programa va más allá de la simple reforestación. Hace décadas llegó a un terreno baldío al pie de una colina y usó restos de sofás y camas del vertedero cercano para estabilizar la tierra inclinada frente a su casa. Hoy cultiva plantas aromáticas, frutas, verduras, café, algodón, achiote y canela. Con la ayuda de otra guardiana, Lene Silva, ha convertido el espacio en un centro comunitario informal donde enseña a niños del barrio, dicta cursos para mujeres y promueve el reciclaje y el baño seco. Durante la pandemia fabricó jabón natural y ya ha distribuido casi 27.000 litros. Su estilo de vida ecológico sigue siendo una excentricidad para la mayoría de sus vecinos, pero representa exactamente el tipo de transformación que el programa busca catalizar.
Roque es crítica con la forma tradicional en que las instituciones públicas se acercan a las favelas. Señala que llegan con propuestas preconcebidas, nombres bonitos para cosas feas, con personas de fuera que crean maquetas que no funcionan en la realidad local. Detrás de su casa se ve la enorme torre del teleférico que sube a la favela, una obra faraónica construida para los Juegos Olímpicos que lleva años abandonada. Lo que agradece es que por primera vez se haya recurrido a la gente del territorio para buscar soluciones. Eso es mérito de Tainá de Paula, la secretaria de Medio Ambiente, arquitecta y urbanista negra criada en las favelas.
De Paula explica que el programa se basa en la premisa del racismo ambiental: ciertos sectores y territorios han sido históricamente excluidos del debate ambiental más amplio. En Río, la transición entre favela y selva está mal resuelta, y las personas que viven en esas zonas son estratégicas para garantizar que no haya avance de la urbanización y que haya prácticas de reforestación. No tiene sentido traer personas de fuera para ese trabajo; cada territorio tiene su especificidad. La secretaria reconoce que el desafío más serio es la convivencia con el crimen organizado. Muchas favelas están controladas por facciones del narcotráfico o milicias que dominan especialmente la zona oeste, donde más se construye y donde hay más tensiones territoriales. Casi semanalmente, el municipio aparece con excavadoras para derribar construcciones levantadas por paramilitares.
A pesar de que la ciudad reforesta entre 40 y 60 hectáreas anuales en colinas que hace años se convirtieron en pasto, el apetito urbanístico es más fuerte. Río tiene déficit forestal. El programa de Guardianas busca cambiar esa realidad, y también tiene efectos colaterales positivos: empodera a mujeres con rutinas diarias muy sufridas, mejora su autoestima y aumenta la capilaridad del municipio en barrios donde la presencia estatal es débil. La alcaldía espera alcanzar paridad de género entre trabajadores ambientales el próximo año, cuando actualmente el 70 por ciento son hombres dedicados principalmente a la reforestación de colinas. Las participantes reciben formación sobre la selva tropical, prevención de inundaciones, edición de videos e influencia en redes sociales. El programa tiene previsto crecer en los próximos meses, expandiendo una iniciativa que reconoce que la solución a los problemas ambientales de Río debe venir de quienes viven en la frontera entre la ciudad y la selva.
Citas Notables
Aquí las instituciones cada vez vienen con una propuesta. Cuando quieren hacer algo, le ponen un nombre bonito para la cosa fea que van a hacer, con personas de fuera, que hacen una maqueta que les parece maravillosa pero que para nosotros no funciona— Alexandra Roque, guardiana de la favela de Providência
En Río la transición entre la favela y la selva está muy mal resuelta. Las personas que están en esas zonas son estratégicas para garantizar que no haya avance de la urbanización y que haya prácticas de reforestación— Tainá de Paula, secretaria de Medio Ambiente de Río de Janeiro
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué es tan importante que sean mujeres de las favelas las que lideren este trabajo y no técnicos ambientales de fuera?
Porque estas mujeres viven en la frontera real entre la ciudad y la selva. Conocen a sus vecinos, tienen credibilidad, pueden negociar donde un técnico de fuera solo vería reglas que romper. Además, históricamente han sido excluidas de cualquier decisión sobre el ambiente.
¿Cuál es el riesgo real que corren al trabajar en zonas controladas por narcotraficantes?
No es que salgan a enfrentarse a ellos. Es que viven allí, caminan entre ellos cada día. El programa les da protocolos de seguridad, pero en realidad son los mismos cuidados que ya aplican en su vida cotidiana. El verdadero riesgo es que el crimen organizado no respete los límites que ellas intentan establecer.
Alexandra Roque fabrica jabón natural y ha distribuido 27.000 litros. ¿Eso es parte del programa o algo que ella hace por su cuenta?
Es lo que el programa permite que suceda. No es que le ordenen fabricar jabón. Es que al darle reconocimiento, recursos y formación, ella puede desarrollar sus propias ideas. El programa crea el espacio; las mujeres llenan ese espacio con lo que saben hacer.
¿Qué pasa cuando el municipio quiere derribar construcciones ilegales en una favela donde estas guardianas viven?
Eso es el conflicto real. No pueden simplemente decir que no. Tienen que negociar, dialogar, entender por qué alguien construyó allí. A veces es porque necesita un lugar donde vivir. Eso es lo que hace tan difícil y tan importante su trabajo.
¿Crees que 122 mujeres en 25 favelas es suficiente para cambiar algo en una ciudad como Río?
No es suficiente, pero es un comienzo. Lo importante es que reconoce que el cambio tiene que venir de adentro, de la gente que vive allí. Si funciona, el programa crecerá. Si no, al menos intentaron algo diferente.