Durante más de un año, las grandes corporaciones estadounidenses apostaron por la inteligencia artificial como sustituto del trabajo humano, congelando contrataciones y reduciendo plantillas en nombre de la eficiencia. Ahora, empresas como Alphabet, CSX y Booz Allen Hamilton reconocen que esa premisa era incompleta: la IA no elimina la necesidad de personas, sino que transforma el tipo de personas que se necesitan. Este giro no es una reconciliación plena con el trabajador, sino un ajuste pragmático dictado por los límites reales de la automatización y el coste de ignorarlos.