El miedo a que las estructuras se derrumbaran mantenía a muchos fuera de sus propias casas
En la noche de San Juan, una serie de terremotos sacudió Venezuela, sumando una nueva capa de devastación a un país ya exhausto por años de crisis. Los equipos de rescate trabajaron entre escombros en busca de sobrevivientes, mientras emergía una verdad incómoda: muchas de las viviendas derrumbadas habían sido construidas por el propio Estado. La tragedia no solo reveló la fragilidad de la infraestructura, sino también la de las instituciones llamadas a responder, en un momento en que las amenazas a periodistas oscurecían el alcance real del desastre.
- Una serie de terremotos golpeó Venezuela durante la noche de San Juan, dejando víctimas mortales, estructuras colapsadas y familias atrapadas entre el peligro y la pérdida.
- Las viviendas construidas por el gobierno chavista se desmoronaron con especial fragilidad, dejando a sus habitantes sin hogar y con miedo de regresar a recoger lo poco que quedaba.
- Los servicios de emergencia, ya al límite por la crisis humanitaria preexistente, se vieron abrumados ante la magnitud del desastre: pocas ambulancias, pocos médicos, pocos recursos.
- Periodistas que intentaban documentar la catástrofe fueron amenazados con ser entregados al Sebin, la policía política, en un intento aparente del Estado por controlar la narrativa.
- La pregunta que persiste no es solo cuántos sobrevivientes quedan bajo los escombros, sino cómo reconstruir la confianza en un Estado que falló tanto en la construcción como en la transparencia.
En la noche de San Juan, Venezuela fue sacudida por una serie de terremotos que dejaron muerte y destrucción a su paso. Los equipos de rescate se desplegaron de inmediato entre los escombros, buscando sobrevivientes atrapados bajo estructuras que no resistieron el movimiento sísmico. Las imágenes de esas labores circularon ampliamente, mostrando el esfuerzo desesperado de quienes trabajaban contra el tiempo.
Pronto emergió un patrón perturbador: gran parte de las viviendas derrumbadas habían sido construidas por el gobierno chavista. Quienes lograron escapar enfrentaban un dilema paralizante: sus hogares estaban destruidos, pero regresar a buscar pertenencias o seres queridos parecía demasiado peligroso. El miedo al colapso total mantenía a las familias fuera de sus propias casas.
La tragedia llegó sobre un país ya agotado. Venezuela arrastraba una crisis económica y humanitaria profunda antes de los terremotos, y sus servicios de emergencia operaban al límite. Con el número de víctimas en aumento y los recursos insuficientes, el sistema colapsó ante la magnitud de la demanda.
Lo que siguió reveló otra dimensión del desastre: periodistas que intentaban documentar lo ocurrido fueron amenazados con ser entregados al Sebin si continuaban grabando. Las amenazas eran explícitas. El Estado parecía más interesado en controlar la narrativa que en facilitar la ayuda.
Algunos analistas señalaron que el caos ofrecía al gobierno una oportunidad para demostrar capacidad de respuesta. Pero las restricciones a la prensa y la realidad de que las casas destruidas habían sido construidas por el propio Estado complicaban cualquier relato de solidaridad o competencia institucional. La pregunta que quedó suspendida sobre Venezuela fue más amplia que el terremoto mismo: cómo reconstruir cuando la infraestructura y la confianza han fallado al mismo tiempo.
En la noche de San Juan, Venezuela fue sacudida por una serie de terremotos que dejaron un rastro de destrucción y muerte. Las operaciones de rescate comenzaron de inmediato, con equipos trabajando entre los escombros en busca de sobrevivientes atrapados bajo estructuras colapsadas. Las imágenes de estas labores circularon ampliamente, mostrando el esfuerzo desesperado por encontrar vida donde antes había seguridad.
Lo que emergió rápidamente fue un patrón inquietante: muchas de las viviendas que se desmoronaron habían sido construidas por el gobierno chavista en años anteriores. Estas casas, que se suponía debían albergar a familias venezolanas, no resistieron el movimiento sísmico. Los residentes que lograron escapar se encontraban ahora con un dilema paralizante: sus hogares estaban destruidos, pero volver a entrar para recuperar pertenencias o buscar a seres queridos parecía demasiado peligroso. El miedo a que las estructuras dañadas se derrumbaran completamente mantenía a muchos fuera de sus propias casas.
La catástrofe ocurrió en un contexto de precariedad generalizada. Venezuela ya enfrentaba una crisis económica y humanitaria profunda antes de los terremotos. Los servicios de emergencia, los hospitales y los recursos para atender a los heridos estaban ya bajo presión extrema. Ahora, con víctimas mortales confirmadas y el número aumentando conforme avanzaban las labores de rescate, el sistema se vio abrumado. No había suficientes ambulancias, no había suficientes médicos, no había suficientes recursos para responder a la magnitud de la tragedia.
Lo que sucedió después reveló otra dimensión del desastre. Periodistas que intentaban documentar la catástrofe y sus consecuencias fueron amenazados. Se reportaron casos en los que reporteros fueron confrontados con advertencias explícitas: si continuaban grabando, serían llevados al Sebin, la temida policía política venezolana. Estas amenazas no eran veladas ni sutiles. Funcionarios del estado aparentemente buscaban controlar la narrativa de lo que estaba sucediendo, limitando la capacidad de los medios de comunicación para informar sobre la magnitud real del desastre.
La tragedia de la noche de San Juan, paradójicamente, también fue vista por algunos analistas como una oportunidad política. En medio del caos y el sufrimiento, el gobierno chavista tenía la ocasión de demostrar capacidad de respuesta, de mostrar que podía proteger a su población. Pero las restricciones a la cobertura mediática, las amenazas a periodistas y la realidad de que muchas de las casas destruidas habían sido construidas por el propio estado complicaban cualquier narrativa de competencia o solidaridad.
Mientras las operaciones de rescate continuaban, la pregunta que se cernía sobre Venezuela era más amplia que el terremoto mismo. ¿Cómo reconstruir cuando la infraestructura estatal había fallado? ¿Cómo confiar en viviendas construidas por un gobierno que ahora parecía más interesado en controlar la información que en facilitar la ayuda? Y ¿cómo podría la comunidad internacional entender la verdadera magnitud de lo que había sucedido si los periodistas no podían documentarlo libremente?
Citas Notables
Si sigues grabando, te voy a llevar para el Sebin— Amenaza reportada a periodistas documentando la catástrofe
Me da miedo volver a entrar— Residentes sobre sus casas dañadas por el terremoto
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué el hecho de que estas casas fueran construidas por el gobierno chavista importa tanto en esta historia?
Porque no es solo un terremoto. Es un terremoto que expone una promesa rota. El estado les dio esas casas como símbolo de protección, de que el gobierno se ocupaba de su gente. Ahora esas casas se desmoronan, y la gente tiene miedo de entrar en ellas. Es una traición física.
¿Y las amenazas a los periodistas? ¿Crees que el gobierno estaba tratando de ocultar algo específico?
No necesariamente algo que no fuera obvio. Creo que querían controlar cómo se veía la respuesta. Si los periodistas podían mostrar libremente las casas destruidas, los hospitales abrumados, la precariedad, la narrativa se escribía sola. Las amenazas eran una forma de decir: esta historia no se cuenta de esa manera.
¿Qué significa que algunos vieran esto como una "oportunidad" política?
En una crisis, hay un momento en que la gente está vulnerable y atenta. Un gobierno que responde bien, que se ve competente y solidario, puede ganar legitimidad. Pero solo si controla cómo se ve esa respuesta. Por eso las amenazas. Sin ellas, la realidad habría hablado más fuerte que cualquier mensaje oficial.
¿Cuál es el estado de las operaciones de rescate ahora?
Continúan, pero bajo condiciones que hacen el trabajo más difícil. No es solo la precariedad de los recursos. Es que la gente no confía completamente en lo que se les dice sobre lo que está sucediendo. Cuando hay censura, la incertidumbre se vuelve parte del desastre.
¿Qué necesita Venezuela ahora?
Transparencia, primero. Acceso a información real sobre cuántos murieron, cuántos están desaparecidos, cuál es el estado de la infraestructura. Luego, recursos reales para reconstruir. Pero sin transparencia, los recursos solos no restauran la confianza.