La crisis climática también tiene una dimensión social profunda
En las ciudades latinoamericanas, el calor no cae igual sobre todos: se acumula con mayor fuerza donde hay menos árboles, menos recursos y menos poder político. El geógrafo chileno Hugo Romero Aravena ha pasado más de cinco décadas documentando esa verdad incómoda, y la Unión Geográfica Internacional acaba de reconocer su trabajo con el IGU/UGI Award for Distinguished Geographical Practice 2026. Su concepto de 'injusticia socioclimática' no es solo un término académico; es un espejo que revela cómo las decisiones humanas sobre el territorio condenan a los más vulnerables a vivir en el lado más caliente de la crisis climática.
- Las olas de calor extremas ya no son anomalías: son la nueva normalidad que golpea con más fuerza a quienes menos pueden defenderse de ellas.
- Los barrios pobres de las ciudades chilenas y latinoamericanas registran temperaturas significativamente más altas que los sectores acomodados, con consecuencias directas sobre la salud, el gasto energético y la calidad del aire.
- Romero demostró que esta distribución desigual del calor no es accidental, sino el resultado de décadas de planificación urbana que priorizó el crecimiento inmobiliario sobre el equilibrio ambiental y la equidad territorial.
- El reconocimiento internacional a su trabajo llega cuando ciudades de todo el mundo buscan urgentemente respuestas a fenómenos climáticos cada vez más intensos y devastadores.
- Su investigación señala que las soluciones reales no son solo tecnológicas: exigen redistribuir áreas verdes, reformar la planificación territorial y reconocer el cambio climático como una cuestión de justicia y derechos colectivos.
Una avenida pavimentada bajo el sol de verano puede estar varios grados más caliente que una calle arbolada a pocas cuadras de distancia. Ese contraste no es casualidad: es la huella visible de cómo construimos nuestras ciudades. El geógrafo chileno Hugo Romero Aravena ha dedicado más de cincuenta años a estudiar esa conexión entre urbanización, cambio climático y desigualdad, y acaba de recibir el IGU/UGI Award for Distinguished Geographical Practice 2026, uno de los reconocimientos más prestigiosos de la geografía mundial.
Las islas de calor urbanas —zonas donde el cemento y el asfalto acumulan temperaturas muy superiores a las de áreas verdes cercanas— no aparecen al azar. Se concentran en los barrios con menos parques, mayor densidad constructiva y menor poder político para exigir soluciones. Romero, académico de la Universidad de Chile, acuñó el concepto de 'injusticia socioclimática' para nombrar con precisión esa realidad: las comunidades más vulnerables cargan con las peores consecuencias ambientales del desarrollo urbano, no por capricho de la naturaleza, sino por decisiones humanas concretas sobre cómo organizar el territorio.
Lo que distingue su trayectoria es la negativa a tratar la geografía como un ejercicio abstracto. Romero conecta la ciencia del territorio con debates sobre equidad, poder y derechos colectivos, argumentando que el cambio climático no depende solo de procesos naturales, sino también de quién tiene acceso a espacios verdes y cómo se distribuyen los recursos públicos. En un momento en que ciudades de todo el mundo enfrentan olas de calor extremas y fenómenos climáticos cada vez más intensos, su trabajo sugiere que las respuestas reales exigen repensar la planificación territorial desde la justicia, no solo desde la tecnología.
En una avenida completamente pavimentada bajo el sol de verano, la temperatura puede ser varios grados más alta que en una calle arbolada apenas unas cuadras más allá. No es una ilusión térmica. Es un fenómeno medible, estudiado durante décadas por el geógrafo chileno Hugo Romero Aravena, quien acaba de recibir uno de los reconocimientos más prestigiosos de la geografía mundial: el IGU/UGI Award for Distinguished Geographical Practice 2026, otorgado por la Unión Geográfica Internacional.
Ese fenómeno se conoce como isla de calor urbana, y es una consecuencia directa de cómo construimos nuestras ciudades. Cuando el cemento y el asfalto reemplazan los espacios verdes, cuando la planificación territorial prioriza el crecimiento inmobiliario sobre el equilibrio ambiental, la ciudad literalmente se calienta. Las consecuencias no son solo incómodas: elevan el consumo de energía, deterioran la calidad del aire, aumentan los riesgos para la salud. Pero aquí está lo crucial: estos efectos no se distribuyen equitativamente. Los barrios con menos recursos, con menor cobertura vegetal, con menos inversión pública, sufren las peores temperaturas.
Romero, académico de la Universidad de Chile, ha dedicado más de cincuenta años a estudiar precisamente esa conexión entre cambio climático, urbanización y desigualdad. Su trabajo ha revelado que las islas de calor no aparecen al azar en las ciudades. Se concentran en sectores específicos: aquellos con menos parques, mayor densidad constructiva, menor poder político para exigir soluciones. Eso significa que la crisis climática tiene una dimensión social profunda, una realidad que Romero ha nombrado con precisión académica: injusticia socioclimática. El término describe cómo las comunidades más vulnerables enfrentan las peores consecuencias ambientales del desarrollo urbano, no porque la naturaleza sea cruel, sino porque las decisiones humanas sobre cómo organizar el territorio las han dejado expuestas.
El reconocimiento internacional llega en un momento en que ciudades de todo el mundo se enfrentan a fenómenos cada vez más intensos: olas de calor extremas, sequías prolongadas, inundaciones devastadoras. En ese contexto, la perspectiva de Romero ofrece algo que va más allá de la tecnología o la infraestructura convencional. Sugiere que las soluciones reales requieren repensar cómo planificamos los territorios, cómo distribuimos las áreas verdes, cómo tomamos decisiones sobre el uso del suelo. No es una cuestión puramente técnica. Es una cuestión de poder, de equidad, de derechos colectivos.
Lo que distingue el trabajo de Romero es que nunca ha tratado la geografía como un ejercicio abstracto de mapas y paisajes. Ha buscado explicar cómo el medioambiente y las relaciones de poder moldean la vida cotidiana de las personas. Conecta la ciencia del territorio con debates sobre desarrollo, equidad y justicia ambiental. Sostiene que los efectos del cambio climático no dependen solo de procesos naturales, sino también de decisiones humanas concretas: dónde se construye, quién tiene acceso a espacios verdes, cómo se distribuyen los recursos públicos. Esa mirada integral, que une ciencia, territorio y justicia, es precisamente la que hoy recibe uno de los mayores reconocimientos de la geografía mundial.
Citas Notables
Las soluciones no pasan únicamente por nuevas tecnologías o infraestructura, sino también por repensar la forma en que se planifican los territorios, se distribuyen las áreas verdes y se toman las decisiones sobre el uso del suelo— Hugo Romero Aravena, geógrafo chileno
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué importa tanto que las islas de calor se concentren en barrios pobres? ¿No es solo una cuestión de comodidad?
Porque no es solo comodidad. Es salud, es dinero, es acceso. Un barrio con más calor consume más energía para enfriar las casas. El aire es peor. Las personas enfermas más frecuentemente. Y son siempre los mismos barrios.
¿Qué hace diferente el concepto de injusticia socioclimática?
Cambia quién es responsable. No es que la naturaleza sea cruel. Es que decidimos dónde plantar árboles, dónde construir, dónde invertir dinero público. Esas decisiones tienen consecuencias climáticas que afectan desigualmente.
¿Entonces la solución es simplemente plantar más árboles en barrios pobres?
Es parte, pero no todo. Requiere repensar cómo crecen las ciudades. Menos cemento, más espacios verdes, pero también decisiones sobre quién tiene poder para exigir eso. Es política, no solo ecología.
¿Por qué un geógrafo chileno recibe un premio internacional por esto?
Porque mostró algo que otros no habían documentado tan claramente: que la crisis climática no es democrática. Golpea más fuerte donde hay menos poder para defenderse. Eso cambió cómo el mundo piensa la adaptación climática.
¿Qué viene ahora para las ciudades?
Ciudades que se adapten no solo con tecnología, sino replanteando su estructura. Eso es lo que el trabajo de Romero sugiere. No es fácil. Requiere cambiar cómo se planifica, cómo se invierte, quién decide.