Chile atraviesa una vez más el umbral de una pregunta que las naciones maduras no pueden eludir: qué tipo de conocimiento merece el respaldo del Estado. En medio de un debate que reduce las ciencias sociales a una caricatura ideológica, investigadores y autoridades defienden que comprender cómo funcionan las sociedades es tan riguroso —y tan necesario— como desarrollar tecnologías. La ministra de Ciencia encarna esa tensión: su propia tesis doctoral es investigación social aplicada, no militancia disfrazada de método. Lo que está en juego no es una disputa entre disciplinas, sino la visión de