En las primeras horas del 31 de julio, mientras Zonda dormía, un grupo de desconocidos atravesó rejas y ventanas para llevarse más de siete millones y medio de pesos de una vivienda privada. La alarma cumplió su función, pero el tiempo fue el aliado de los ladrones: cuando la policía llegó, solo quedaba el rastro del daño. El caso recuerda que los sistemas de seguridad, por sí solos, no bastan cuando las cámaras que deberían ser testigos mudos permanecen apagadas.