Cada verano, España contempla cómo sus montes arden con una regularidad que no es fatalidad sino consecuencia: décadas de despoblación rural dejaron sin guardianes los bosques comunales, convirtiendo lo que fue fuente de vida en depósito de combustible. La economía tiene un nombre para este fenómeno —la tragedia de los comunes— y la historia ofrece también su remedio: no la privatización ni el control estatal, sino sistemas de gestión colectiva con reglas claras, vigilancia local y consecuencias reales. Lo que se necesita no es una gran teoría nueva, sino recuperar la sabiduría práctica que lo