En el debate climático español, la línea que separa a creyentes de negacionistas resulta ser, en la práctica, casi invisible: ambos grupos actúan de la misma manera. Solo el 15% de los españoles niega el cambio climático, pero el 85% restante, que acepta la evidencia científica, tampoco ha modificado sus hábitos de consumo ni reducido su huella contaminante. La creencia, sin acción, se ha convertido en una forma sofisticada de evasión moral: un permiso silencioso para seguir viviendo exactamente igual que antes.