En las democracias occidentales, la inteligencia artificial ha dejado de ser un asunto técnico para convertirse en una cuestión de soberanía popular: ciudadanos de Europa y Estados Unidos están derrotando candidatos, revocando mandatos y exigiendo condiciones a los centros de datos que alimentan esta tecnología. Lo que emerge no es un rechazo a la modernidad, sino una demanda de que el poder democrático no sea absorbido por lo que la historiadora Jill Lepore llama el 'estado artificial'. La regulación de la IA se perfila así como uno de los ejes definitorios de las próximas elecciones en Occid