La psicóloga perinatal Helena García: la crianza actual es un modelo de aislamiento que daña la salud mental

Madres experimentan agotamiento físico y mental severo, pérdida de identidad personal, ansiedad crónica e irritabilidad por falta de descanso y apoyo en crianza aislada.
Hemos pasado de un cuidado compartido a uno aislado, en pisos pequeños
García describe cómo el modelo actual de crianza ha dejado a las madres sin las redes de apoyo que históricamente sostenían el posparto.

Desde tiempos inmemoriales, criar a un hijo fue una tarea sostenida por comunidades enteras; hoy, en las sociedades modernas, esa red se ha deshilachado hasta dejar a muchas madres solas frente a una exigencia que ningún ser humano está diseñado para afrontar en aislamiento. La psicóloga perinatal Helena García advierte que el agotamiento extremo que viven estas mujeres no es señal de debilidad personal, sino el síntoma previsible de un modelo social que exige disponibilidad infinita sin ofrecer sostén real. Fenómenos como los cafés nocturnos japoneses para madres en crisis no son curiosidades culturales, sino espejos que reflejan una deuda colectiva pendiente.

  • El llanto prolongado de un bebé sin alivio posible convierte la impotencia en culpa, atrapando a madres ya vulnerables en un ciclo de fracaso percibido que agrava su estado emocional.
  • Aisladas en pisos pequeños, con jornadas laborales exigentes y sin relevo, muchas mujeres cargan solas con una disponibilidad constante que erosiona el sueño, la identidad y la salud mental.
  • En Japón, los yonakigoya —cafés que abren de madrugada para acoger a madres desbordadas— revelan hasta qué punto el modelo actual obliga a buscar fuera del hogar lo que la sociedad debería garantizar dentro.
  • La carga recae de forma desproporcionada sobre las mujeres: lo que en un padre se celebra como implicación extraordinaria, en una madre se da por sentado, generando una presión mental cualitativamente distinta.
  • García y otras voces especializadas insisten en que reconocer esto como problema de salud pública —y no como fragilidad individual— es el primer paso hacia una conversación social honesta y urgente.

El llanto de un recién nacido está diseñado para activar de forma casi instantánea los sistemas de alerta de quien lo escucha. Cuando ese llanto se prolonga sin solución aparente, muchas madres caen en una sensación devastadora de impotencia, convencidas de que algo están haciendo mal. Helena García, psicóloga perinatal y fundadora de Estimama, explica que esta interpretación es frecuente pero engañosa: a menudo el bebé no necesita que desaparezca su malestar, sino simplemente sentirse acompañado. El problema real emerge cuando esa experiencia se vive en soledad absoluta, sin descanso ni relevo.

En Japón, ese agotamiento ha dado lugar a los yonakigoya, cafés nocturnos que abren a horas intempestivas para recibir a madres con bebés que no dejan de llorar. Allí pueden descansar, calmarse mientras voluntarios cuidan del menor, o simplemente llorar sin ser juzgadas. Para García, estos espacios no son síntoma de fragilidad femenina, sino evidencia de una crisis social más profunda: se exige a las madres paciencia infinita y disponibilidad constante mientras se les ofrece muy poco sostén real. El relato idealizado de la maternidad deja poco espacio para hablar del desgaste, la ambivalencia y el cansancio que conviven con el amor.

Históricamente, la crianza nunca recayó sobre una sola persona; había redes familiares y comunitarias sosteniendo el posparto. Hoy muchas mujeres pasan horas solas con su bebé, en pisos pequeños, sintiéndose además obligadas a poder con todo. El ser humano no está preparado para cuidar en aislamiento y sin tregua, subraya García, y cuidar con paciencia también requiere sentirse cuidada.

La carga no se distribuye por igual: la mujer atraviesa el embarazo, el parto y el posparto con una intensidad física y psíquica enorme, y sobre ella recae una expectativa social de disponibilidad emocional que en los padres simplemente no existe en los mismos términos. Las consecuencias son graves: falta de sueño sostenida, irritabilidad, ansiedad, sensación de desborde permanente y, sobre todo, la desaparición de la propia identidad. García insiste en que el bienestar materno sigue tratándose como un asunto individual cuando, en realidad, es un problema social y de salud pública que exige una conversación mucho más honesta.

El llanto de un recién nacido es una señal biológica potente, diseñada para activar en quien lo escucha los sistemas de alerta y cuidado casi de forma instantánea. No es solo algo que se oye: el cuerpo lo siente. Pero cuando ese llanto se prolonga durante horas o días sin que parezca haber forma de calmarlo, muchas madres caen en una sensación devastadora de impotencia, convencidas de que algo están haciendo mal. Helena García, psicóloga perinatal y fundadora de Estimama, explica que esta interpretación es frecuente pero engañosa. A menudo el bebé no necesita que desaparezca su malestar, sino simplemente sentirse acompañado mientras lo atraviesa. El problema real emerge cuando esa experiencia se vive en soledad total, sin descanso, sin relevo, sin nadie que comparta la carga.

En Japón, la intensidad de este agotamiento ha generado un fenómeno revelador: los yonakigoya, cafés nocturnos que abren a horas intempestivas para recibir a madres con bebés que no dejan de llorar. Allí pueden descansar después de noches en vela, calmarse mientras voluntarios cuidan del menor, o simplemente permitirse llorar ellas mismas sin ser juzgadas. La existencia de estos espacios plantea una pregunta incómoda: ¿qué tipo de sociedad construye un modelo de maternidad que obliga a las mujeres a salir de casa para poder desahogarse sin sentirse condenadas?

García ve en estos cafés no un síntoma de fragilidad femenina, sino evidencia de una crisis social más profunda. Las madres actuales cargan con una contradicción brutal: se les exige paciencia infinita y disponibilidad constante, mientras se les ofrece muy poco sostén real. Muchas mujeres sienten que no tienen permiso para decir que están cansadas, irritadas o que no pueden más. Cuanto más silencian esas emociones, más culpa acumula después. Existe un relato muy idealizado de la maternidad que deja poco espacio para hablar del desgaste real de los primeros meses, de la ambivalencia, del cansancio que convive con el amor. Se pone el foco en la felicidad y el vínculo, pero muy poco en el impacto psíquico, físico y mental de una disponibilidad constante en un momento de enorme vulnerabilidad.

Históricamente, la crianza nunca recayó sobre una única persona. Había redes familiares y comunitarias sosteniendo el posparto. Hoy muchas mujeres pasan horas y horas solas con su bebé, en pisos pequeños, con jornadas laborales difíciles, sintiendo además que deberían poder con todo. Hemos pasado de un cuidado compartido a uno aislado, y el ser humano no está preparado para cuidar en aislamiento y sin tregua. García subraya que cuidar con paciencia y presencia también requiere sentirse cuidada, algo que falta en el modelo actual.

La carga no recae por igual en hombres y mujeres. Aunque la paternidad puede ser agotadora para ambos, el peso físico, hormonal y social sigue recayendo mucho más sobre las madres. La mujer atraviesa el embarazo, el parto y el posparto, procesos de una intensidad física y psíquica enorme. Además existe una expectativa social muy fuerte sobre su disponibilidad emocional y sobre cómo debería maternar. A muchos padres se les reconoce de forma excepcional el hecho de implicarse mucho en la crianza, mientras que en una madre ese nivel de entrega se da por hecho. Eso genera una carga mental muy distinta.

Las consecuencias de no disponer jamás de un relevo o descanso son múltiples y graves. La falta de sueño sostenida afecta muchísimo a la regulación emocional, aumentando la irritabilidad, la ansiedad y la sensación de desborde. Muchas madres describen el posparto como un estado de alerta permanente, como si el cerebro nunca terminara de apagarse del todo. Desaparecen como personas, porque dejan de existir espacios propios, momentos de intimidad o incluso tiempo mental para ellas. García insiste en que el bienestar materno sigue tratándose demasiado como un asunto individual, como si todo dependiera de la capacidad de aguante de cada mujer, cuando en realidad se trata de un problema social y de salud pública que requiere una conversación mucho más honesta sobre el posparto y todo lo que implica sostener una crianza intensa sin apenas descanso ni red de apoyo.

Cuidar con paciencia y presencia también requiere sentirse cuidada
— Helena García, psicóloga perinatal
El bienestar materno sigue tratándose como un asunto individual, cuando en realidad es un problema social y de salud pública
— Helena García, psicóloga perinatal
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Por qué crees que la sociedad ha permitido que llegáramos a este punto, donde las madres necesitan cafés especiales para llorar?

Model

Porque hemos idealizado la maternidad en el discurso mientras vaciamos de recursos reales el acto de maternar. Decimos que es lo más importante, pero luego dejamos a las mujeres solas en pisos pequeños con jornadas laborales imposibles.

Inventor

¿Y el llanto del bebé? ¿Por qué nos afecta tanto?

Model

Está diseñado para activarnos, es una señal de supervivencia muy potente. Pero cuando se prolonga y no logras calmarlo, muchas mujeres sienten que fracasan, que algo están haciendo mal. Es el cuerpo en alerta constante.

Inventor

Mencionas que históricamente la crianza era compartida. ¿Qué cambió?

Model

Pasamos de redes familiares y comunitarias a un modelo de aislamiento. Ahora una madre pasa horas sola con su bebé, esperando poder con todo, sin relevo, sin tregua.

Inventor

¿Esto afecta igual a padres y madres?

Model

No. El peso físico, hormonal y social recae mucho más sobre las madres. Un padre que se implica mucho es excepcional; una madre con ese nivel de entrega es lo esperado. Eso genera cargas mentales muy distintas.

Inventor

¿Cuál es el daño real de no tener nunca descanso?

Model

La falta de sueño destruye la regulación emocional. Muchas describen el posparto como alerta permanente, como si el cerebro nunca se apagara. Desaparecen como personas, pierden espacios propios, tiempo para ellas mismas.

Inventor

¿Cómo se resuelve esto?

Model

Reconociendo que no es un problema individual de aguante, sino un problema social. Necesitamos redes de apoyo reales, descanso garantizado, y una conversación honesta sobre lo que cuesta sostener una crianza intensa.

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