La paradoja de Solow persiste: más tecnología, menor crecimiento económico

El desplazamiento laboral de trabajadores de industrias tradicionales hacia sectores de menor valor añadido como hostelería y comercio minorista afecta directamente los salarios y capacidad de consumo de amplios segmentos poblacionales.
La tecnología está en todas partes, menos en las estadísticas de crecimiento
Cuarenta años después de Solow, las revoluciones tecnológicas no se traducen en mayor expansión económica.

Cuatro décadas después de que Robert Solow advirtiera que los ordenadores aparecían en todas partes menos en las estadísticas de productividad, la paradoja que lleva su nombre sigue sin resolverse. Las economías más avanzadas del mundo crecen hoy a la mitad o menos de lo que crecían en los años sesenta, pese a haber protagonizado revoluciones electrónica, digital y ahora de inteligencia artificial. La historia de los datos sugiere que el progreso tecnológico y el crecimiento económico no son la misma cosa, y que los grandes motores del bienestar humano pueden ser más silenciosos —y más materiales— de lo que la narrativa de la innovación quiere reconocer.

  • Las economías avanzadas crecen hoy apenas un 1,5% anual, frente al 5% de los años sesenta, mientras la inversión tecnológica alcanza niveles históricos sin precedentes.
  • El FMI proyecta que en 2030 el mundo seguirá en el mismo ritmo que hoy, y el BCE estima que la IA apenas aportará 0,35 puntos porcentuales de productividad a la zona euro.
  • El desplazamiento de trabajadores industriales hacia hostelería y comercio minorista comprime los salarios y erosiona el consumo privado, el principal motor del PIB.
  • La debilidad sindical y la concentración de altos sueldos en sectores muy reducidos agravan el estancamiento salarial en amplias capas de la población.
  • Economistas y bancos centrales debaten si los efectos de la revolución digital llegarán con décadas de retraso —como ocurrió con la electricidad— o si el mundo simplemente no volverá a crecer como antes.

Robert Solow formuló su paradoja a principios de los noventa: los ordenadores estaban en todas partes, pero no aparecían en las estadísticas de productividad. Cuatro décadas después, con inteligencia artificial transformando industrias enteras, el enigma persiste con una obstinación que desafía la intuición.

Los datos de seis décadas cuentan una historia incómoda. En los años sesenta, Estados Unidos, Europa y Japón crecían alrededor del cinco por ciento anual, impulsados por la manufactura de posguerra. La revolución electrónica de los ochenta apenas movió la aguja: las economías avanzadas crecieron un 2,9%. La revolución digital de los noventa no aceleró el ritmo. Y cuando llegó el nuevo siglo, fueron la globalización y la irrupción de China —no la tecnología— los factores que elevaron el crecimiento mundial, mientras las economías más innovadoras crecían por debajo de décadas anteriores.

Tras la crisis de 2008, en pleno auge de redes sociales y plataformas digitales, las economías avanzadas apenas avanzaron un 1,3% anual. Las proyecciones del FMI para 2030 no auguran cambio: Estados Unidos llegará al 1,8%, la eurozona al 1,1% y Japón al 0,5%. El BCE ha calculado que un aumento del uno por ciento en la intensidad de inversión digital se traduce en apenas 0,02 puntos porcentuales de productividad.

La explicación convencional apela a la paciencia: la electricidad tardó décadas en transformar la economía. Pero hay razones para dudar de que esa espera tenga recompensa equivalente. La economía digital desplaza trabajadores industriales hacia sectores de menor valor añadido —hostelería, turismo, comercio minorista—, comprimiendo salarios y frenando el consumo privado. La sindicalización se ha debilitado. Los altos sueldos se concentran en una franja estrecha de la población. Y, en el fondo, los grandes inventos del siglo XIX y XX —el motor de combustión, la electricidad, los avances en salud pública— fueron más determinantes para el crecimiento que las tecnologías de la información, cuyo componente virtual y orientación al entretenimiento limitan su impacto real en el PIB. Solow, al parecer, tenía razones para estar escamado.

Robert Solow observó algo que parecía imposible: los ordenadores estaban en todas partes, pero no aparecían en las estadísticas de productividad. El economista ganador del Premio Nobel en 1987 formuló esta paradoja a principios de los años noventa, cuando la revolución tecnológica apenas comenzaba. Cuatro décadas después, con computadoras infinitamente más potentes y la inteligencia artificial transformando industrias enteras, la paradoja persiste. Las nuevas tecnologías siguen sin reflejarse de manera convincente en el crecimiento económico de las naciones más ricas del mundo.

Los datos de las últimas seis décadas cuentan una historia que desafía la intuición. En los años sesenta, Estados Unidos, la Unión Europea y Japón crecían alrededor del cinco por ciento anual en promedio. Era la época de la reconstrucción posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando la economía mundial se basaba fundamentalmente en la manufactura tradicional. Los años setenta trajeron dos crisis petroleras que frenaron ese ritmo. Pero en los años ochenta, durante la revolución electrónica liderada por Japón, el mundo avanzó un tres punto tres por ciento, mientras que las economías más ricas apenas alcanzaron el dos punto nueve por ciento. Nada extraordinario, a pesar de la importancia histórica de los transistores y circuitos integrados que sentarían las bases de la digitalización moderna.

La década de los noventa, cuando la revolución digital estaba todavía en sus primeras fases, mostró un crecimiento mundial del tres punto dos por ciento. Las economías avanzadas oscilaban entre el uno punto ocho por ciento de Japón y el dos punto dos de Estados Unidos. El patrón se repetía: la tecnología avanzaba, pero el crecimiento económico no aceleraba de manera significativa. Cuando llegó el nuevo siglo, la globalización —especialmente la entrada de China a la Organización Mundial de Comercio en 2001— impulsó el crecimiento mundial a un cuatro punto uno por ciento entre 1998 y 2007. Sin embargo, las economías más ricas crecieron apenas un dos punto seis por ciento, por debajo de la década anterior, a pesar de ser las que más invirtieron en tecnología.

La crisis financiera de 2008 marcó un quiebre. Entre 2007 y 2016, en plena revolución tecnológica con redes sociales y plataformas digitales consolidándose, las economías avanzadas crecieron apenas un uno punto tres por ciento. Estados Unidos, el epicentro de la innovación tecnológica mundial, avanzó un raquítico uno punto cinco por ciento de media. La eurozona se quedó en cero punto siete por ciento y Japón en cero punto cuatro. Mientras Estados Unidos aceleró las inversiones en investigación que hoy han materializado ganancias de productividad, Europa optó por políticas de ajuste fiscal que retrasaron la incorporación de nuevas tecnologías en su sistema productivo.

Las proyecciones del Fondo Monetario Internacional para los próximos años sugieren que el patrón continuará. El mundo crecerá un tres punto uno por ciento en 2030, la misma tasa que en 2026. Las economías avanzadas apenas alcanzarán el uno punto cinco por ciento. Estados Unidos llegará al uno punto ocho por ciento, la eurozona al uno punto uno y Japón al cero punto cinco. Los economistas llaman a esto estancamiento secular. El Banco Central Europeo estima que las ganancias de productividad derivadas de la inteligencia artificial se limitarán a apenas cero punto treinta y cinco puntos porcentuales anuales para la zona euro. No es mucho.

La explicación convencional sostiene que los avances tecnológicos tardan décadas en materializarse plenamente. La electricidad, inventada a mediados del siglo diecinueve, no se aprovechó integralmente hasta el siglo veinte. Bajo esta lógica, los efectos de la revolución digital aún están por llegar. Pero muchos economistas comienzan a dudar de que el mundo vuelva a crecer al cuatro o cinco por ciento del pasado. Hay cambios estructurales profundos en juego. El primero es el fin de la industrialización tal como el mundo la conoce desde la Revolución Industrial inglesa. La industria requiere trabajadores más cualificados y genera mayor valor añadido, pero la economía digital está produciendo un efecto de desplazamiento. Los trabajadores despedidos de las industrias tradicionales encuentran empleo en sectores de menor valor añadido: hostelería, turismo, comercio minorista. Cuando los salarios bajan, el consumo privado se resiente, y el consumo privado es el principal componente del PIB.

Hay también razones institucionales. La sindicalización de trabajadores, uno de los motores históricos del progreso salarial, se ha debilitado en la economía digital. Los salarios se encuentran prácticamente estancados en amplios segmentos de la población, mientras que los altos sueldos se concentran en sectores muy cualificados pero representan una parte pequeña del pastel salarial total. Finalmente, hay una cuestión más fundamental: los grandes inventos del siglo diecinueve y veinte —el motor de combustión, la electricidad, los avances en farmacéutica y química, la salud pública— fueron más determinantes para el crecimiento económico que lo que es hoy la era digital. Las tecnologías de la información tienen un componente más virtual que real, con un sesgo hacia el entretenimiento, lo que explica su impacto limitado en el PIB. El Banco Central Europeo ha calculado que un incremento del uno por ciento en la intensidad de la inversión digital se asocia únicamente con un aumento de cero punto cero dos puntos porcentuales en el crecimiento de la productividad total de los factores. Solow tenía razones para estar escamado.

Los ordenadores se ven en todas partes menos en las estadísticas de productividad
— Robert Solow, economista ganador del Premio Nobel
Un incremento del 1% en la intensidad de la inversión digital se asocia únicamente con un aumento de 0,02 puntos porcentuales en el crecimiento de la productividad
— Banco Central Europeo
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Por qué Solow hablaba de una paradoja si los ordenadores estaban claramente transformando el mundo?

Model

Porque la transformación que veía no se reflejaba en los números. El PIB mide operaciones monetarias en un territorio durante un período. Si los trabajadores ganan menos en sectores de menor valor añadido, aunque trabajen más horas con mejor tecnología, el PIB no crece como se esperaría.

Inventor

Entonces, ¿la tecnología no genera riqueza?

Model

Genera riqueza, pero de forma muy concentrada y en sectores que representan una parte pequeña de la economía total. Un ingeniero de inteligencia artificial gana mucho, pero hay millones de camareros y vendedores ganando menos que antes.

Inventor

¿Y por qué Estados Unidos crece más que Europa si ambos invierten en tecnología?

Model

Porque después de 2008, Estados Unidos invirtió agresivamente en investigación mientras Europa se enfocó en ajustes fiscales. Pero incluso el crecimiento estadounidense es modesto comparado con los años sesenta.

Inventor

¿Significa esto que la inteligencia artificial no salvará la economía?

Model

Significa que si la historia es una guía, probablemente no. Los grandes inventos del pasado —la electricidad, los fertilizantes— transformaron la vida material de forma masiva. La IA es más virtual, más entretenimiento. Su retorno en términos de crecimiento es casi residual.

Inventor

¿Qué pasaría si los salarios subieran?

Model

El consumo privado aumentaría, porque las personas de ingresos medios y bajos gastan todo lo que ganan. Pero eso requeriría sindicalización fuerte y decisiones políticas que hoy no existen. La economía digital ha debilitado ambas cosas.

Inventor

¿Entonces estamos condenados al estancamiento?

Model

No condenados, pero sí atrapados en una estructura donde la tecnología no se traduce en bienestar compartido. El crecimiento existe, pero es lento y desigual. Eso es lo que los datos muestran.

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