Cuando un hombre decide desaparecer, rara vez calcula cuántos ojos invisibles comenzarán a buscarlo. Fernando, funcionario naval mexicano con una orden de aprehensión pendiente, cruzó fronteras y adoptó una nueva identidad creyendo que la distancia lo protegería; sin embargo, la paciencia metódica de la inteligencia moderna —tejida entre la Marina de México, la CIA, INTERPOL y autoridades argentinas— convirtió cada rastro disperso en un hilo continuo que lo alcanzó en Buenos Aires siete meses después. Su captura y repatriación en agosto de 2026 ilustra cómo la soberanía de la fuga se ha vuelto