En los laboratorios de Stanford, la inteligencia artificial ha comenzado a hacer lo que la evolución tardó eones en intentar: imaginar virus funcionales desde cero. Al diseñar bacteriófagos capaces de atacar bacterias resistentes a los antibióticos, los investigadores no solo abren una nueva vía terapéutica, sino que revelan algo más inquietante y fascinante a la vez: la naturaleza, con todo su tiempo, apenas ha explorado una fracción de lo que la biología permite. El mismo hallazgo que promete salvar vidas obliga a la humanidad a preguntarse quién custodia el poder de crear organismos que nun