Descubrieron que su principal activo de seguridad era ahora una diana
Los países del Golfo se sienten abandonados tras priorizar EE.UU. la defensa de Israel, convirtiendo sus bases militares en objetivos iraníes en lugar de garantías de seguridad. La autosuficiencia energética estadounidense mediante fracking reduce la dependencia de petróleo saudí, debilitando el fundamento económico del pacto tácito de 1945 entre Roosevelt e Ibn Saúd.
- 28 de febrero: Irán atacó once países de la región tras bombardeos estadounidenses e israelíes
- 1945: Pacto tácito entre Roosevelt e Ibn Saúd: seguridad por petróleo
- Emiratos duplica capacidad de oleoducto para eludir estrecho de Ormuz
- Kuwait firma acuerdo de defensa con Turquía en lugar de depender de Washington
- Fracking estadounidense reduce dependencia de petróleo del Golfo
La guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán ha fracturado la alianza de décadas entre Washington y los países del Golfo, exponiendo que las bases militares estadounidenses son ahora blanco de ataques en lugar de protección, mientras estos estados buscan alternativas para exportar petróleo.
En febrero de 1945, Franklin D. Roosevelt, ya con un pie en la tumba, se encontró con el rey Abdul Aziz Ibn Saúd en las aguas del canal de Suez. Los dos líderes no coincidieron en casi nada —el monarca saudí rechazó de plano la idea de un Estado judío en Palestina—, pero congeniaron. De aquella conversación nació un pacto tácito que definiría las relaciones internacionales durante ochenta años: Washington proporcionaría seguridad militar a los países del Golfo a cambio de petróleo. Era un arreglo simple, duradero, y durante décadas pareció inquebrantable. Hasta que no lo fue.
El 28 de febrero de este año, apenas horas después de que Estados Unidos e Israel lanzaran sus primeros bombardeos sobre Teherán, Irán respondió. No solo atacó Israel. También golpeó Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Baréin. En cuestión de días, los misiles y drones iraníes habían impactado en once países de la región. Las bases militares estadounidenses —esas instalaciones que durante décadas habían sido el símbolo de la protección norteamericana, la garantía de que nada malo sucedería— se convirtieron de repente en lo opuesto: en objetivos. Los países que las albergaban descubrieron que su principal activo de seguridad era ahora una diana pintada en sus propios territorios.
Lo que sucedió después reveló algo más profundo. Washington priorizó la defensa de Israel. Los países del Golfo sintieron que eran prescindibles, abandonados a su suerte frente a la represalia iraní. Según Leyla Hamad Zahonero, investigadora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos, la guerra no solo alteró el equilibrio militar regional. Obligó a estos Estados a recalibrar completamente su relación con Washington. El pacto de ochenta años comenzó a agrietarse.
Lo paradójico es que los países del Golfo no pidieron que continuara la guerra. A pesar de su enemistad histórica con Irán, hicieron exactamente lo contrario de lo que Israel esperaba: presionaron a Washington para que frenara. Tenían razones concretas. El estrecho de Ormuz, por donde fluye la mayor parte de su petróleo, estaba cerrado. La asfixia económica era real. Pero había algo más: Irán es un vecino que no desaparecerá. Entre una alianza con Washington que los había decepcionado y la realidad geográfica de vivir junto a Teherán, los países del Golfo comenzaron a buscar formas de sanar la relación con Irán. No será fácil, pero la alternativa parecía peor.
Del lado estadounidense, la guerra expuso algo incómodo: la alianza con los países del Golfo nunca fue tan vital como parecía. La revolución del fracking transformó a Estados Unidos. Ahora produce crudo y gas en cantidades que Roosevelt nunca pudo imaginar. La autosuficiencia energética está al alcance. Sí, los precios altos del petróleo siguen afectando la economía estadounidense, pero el suministro está seguro. Los tiempos en que Roosevelt ansiaba controlar el petróleo saudí quedaron atrás. Washington simplemente no lo necesita tanto como antes.
La guerra también expuso los límites del modelo que los países del Golfo habían adoptado: externalizar su seguridad a una potencia extranjera mientras construían economías frágiles, demasiado dependientes de la estabilidad. Cuando esa estabilidad se rompió, descubrieron que estaban solos. El acuerdo de paz que Donald Trump firmó en Versalles hace poco incluye disposiciones sobre el estrecho de Ormuz, pero son vagas. Dice que Irán y Omán mantendrán un diálogo para definir la administración futura del estrecho, una fórmula que deja abierta la puerta a cobros de tasas. Luego añade que todo debe cumplir con el derecho internacional, que prohíbe peajes en estrechos marítimos. Es nebuloso. Es un revés más.
Lo que la guerra dejó claro es que Irán puede cerrar Ormuz casi cuando quiera. Tiene al mundo en su mano, empezando por los países del Golfo. Estos ahora buscan alternativas desesperadamente. Emiratos Árabes anunció en mayo una aceleración de su plan para duplicar la capacidad del único oleoducto que le permite esquivar el estrecho y embarcar petróleo en Fujairah, en el mar Arábigo. Arabia Saudí está en conversaciones con Kuwait para que el petróleo kuwaití cruce su territorio y evite Ormuz. Pero hay más. Los países del Golfo también quieren reducir su dependencia del armamento estadounidense. En marzo, cuando temían que sus reservas de interceptores se agotaran bajo los constantes ataques iraníes, pidieron reposiciones a Washington. La respuesta fue un portazo. Ahora buscan acuerdos con Turquía. Kuwait firmó un documento de intenciones con la Agencia de la Industria de Defensa turca. Arabia Saudí, Emiratos y Qatar negocian compras de drones y sistemas de defensa aérea. Incluso exploran desarrollar conjuntamente interceptores de misiles balísticos, una tecnología que Turquía aún no domina pero que ambos quieren construir juntos, sin depender de Washington. La irritación con Trump también juega un papel. El presidente ha hablado de un fondo de inversión de 300.000 millones de dólares para Irán, diciendo que los Emiratos no podrán aportar ni diez centavos. También ha condicionado la paz a que Arabia Saudí se sume a los Acuerdos de Abraham. Son gestos que han dejado a los países del Golfo sintiéndose utilizados, no aliados.
Citas Notables
La guerra ha alterado el equilibrio militar de la región y ha llevado a esos Estados a recalibrar su relación con Washington— Leyla Hamad Zahonero, investigadora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos
Irán puede cerrar Ormuz casi a su antojo. Tiene al resto del mundo a su merced— Análisis del artículo
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué los países del Golfo no simplemente pidieron que Estados Unidos continuara la guerra contra Irán? Parecería lógico.
Porque viven allí. Irán es su vecino, no el de Washington. Una guerra indefinida en su patio trasero, con misiles cayendo sobre plantas desalinizadoras de agua, no es una victoria para ellos aunque Israel gane.
Pero durante ochenta años confiaron en que Estados Unidos los protegería. ¿Qué cambió?
Dos cosas. Primero, descubrieron que cuando llegó el momento, Estados Unidos eligió a Israel. Segundo, y más importante, descubrieron que Estados Unidos ya no los necesita. El fracking cambió todo. Ahora pueden prescindir del petróleo saudí.
¿Entonces la alianza fue siempre transaccional?
Completamente. Roosevelt y Ibn Saúd ni siquiera se llevaban bien. Fue un trato: seguridad por petróleo. Funcionó mientras ambos lo necesitaban. Ahora uno de ellos no necesita nada.
¿Y Turquía? ¿Por qué Turquía es la alternativa?
Porque está cerca, porque vende armas, y porque no tiene los mismos intereses que Washington en la región. Es una apuesta por la autonomía. Si no puedes confiar en tu aliado de ochenta años, buscas opciones.
¿Pueden los países del Golfo realmente eludir el estrecho de Ormuz?
Parcialmente. Emiratos está duplicando su tuberías. Arabia Saudí puede enviar petróleo kuwaití por su territorio. Pero no es una solución completa. Irán sigue teniendo el poder de cerrar el estrecho cuando quiera. Lo que aprendieron es que ningún acuerdo de paz lo cambiará.