Desde tiempos antiguos, la humanidad ha buscado en los gestos más cotidianos el reflejo del alma. Hoy, un técnico en grafología sostiene que la letra G —con su óvalo superior y su bucle inferior— actúa como espejo de la vida afectiva y sexual de quien escribe, pues el cerebro, según esta disciplina, traza en el papel proyecciones inconscientes del estado emocional. La propuesta, difundida en redes sociales, reaviva una pregunta perenne: ¿cuánto de lo que somos se escapa, sin quererlo, en los trazos que dejamos en el mundo?