El deporte más popular del planeta había sido tomado como rehén
La FIFA otorgó a Trump un 'Premio de la Paz' y asignó todos los partidos decisivos a sedes estadounidenses, consolidando control político sobre el torneo más popular del mundo. Irán fue prohibido de pernoctar en EE.UU., Haití censurado por símbolo revolucionario, y miles de aficionados africanos rechazados en visas; precios dinámicos alcanzan millones de dólares.
- 50.000 manifestantes en la Ciudad de México el 11 de junio; policía antidisturbios respondió con violencia
- Irán prohibido de pernoctar en EE.UU.; árbitro somalí detenido 11 horas y expulsado
- Haití censurado por símbolo revolucionario de 1803; aficionados haitianos prohibidos de entrar
- Precios dinámicos: entradas para la final desde 10.990 dólares hasta 2,3 millones; promedio 600 dólares por partido
- 2.000 trabajadores de servicios votaron 96% a favor de huelga; sindicato impuso acuerdo secreto
El Mundial de la FIFA 2026 ha sido transformado en plataforma para arrogancia imperialista, militarismo y chovinismo antiinmigrante bajo la administración Trump, con humillaciones sistemáticas a atletas, aficionados y periodistas de naciones no occidentales.
La Copa Mundial comenzó hace una semana en Estados Unidos, México y Canadá con la promesa de mostrar unidad continental y poderío económico. Lo que el mundo presenció fue algo muy distinto: un torneo capturado en todos sus niveles —organizativo, financiero, político— por la oligarquía financiera estadounidense y la administración Trump.
El carácter del evento quedó claro desde diciembre, cuando el presidente de la FIFA otorgó a Donald Trump un "Premio de la Paz de la FIFA", postergando al organismo rector del fútbol mundial ante un aspirante político estadounidense. El deporte más popular del planeta había sido tomado como rehén. La inauguración en la Ciudad de México el 11 de junio lo hizo imposible de ignorar. Unos 50.000 manifestantes tomaron las calles: maestros exigiendo el fin de pensiones privatizadas, colectivos buscando a decenas de miles de desaparecidos, trabajadores del transporte, comunidades indígenas y jóvenes que veían en el torneo no una celebración sino un despilfarro de recursos enormes. La policía antidisturbios respondió con violencia contra quienes intentaban acercarse al Estadio Azteca.
Un día después, en el SoFi Stadium de Los Ángeles, Estados Unidos derrotó a Paraguay 4–1 ante un público donde multimillonarios, celebridades y magnates tecnológicos —incluido Bill Gates— ocupaban palcos de lujo vendidos en el mercado secundario por decenas de miles de dólares. Mientras tanto, unos 2.000 trabajadores de alimentos y servicios habían votado un 96 por ciento a favor de autorizar una huelga por contratos estancados y temor a que agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas fueran desplegados en los partidos. El sindicato Unite Here impuso un acuerdo de última hora cuyos detalles ni siquiera fueron revelados a sus miembros. Trabajadores en Seattle y Filadelfia también amenazaron con ir a la huelga.
Trump se nombró a sí mismo presidente del grupo de trabajo organizador del Mundial, con sede en la Torre Trump. Mientras recibía una réplica del trofeo en el Despacho Oval, amenazó a México con ataques militares por su fracaso en lidiar con los cárteles de la droga. La FIFA hizo una concesión masiva a Washington al asignar todos los cuartos de final, semifinales y la final a sedes estadounidenses, junto con siete de los ocho partidos de octavos de final. Los precios de las entradas completaron el retrato. Por primera vez en la historia de la Copa Mundial, un modelo de mercado "dinámico" permitió que los costos fluctuaran según lo que los ricos estuvieran dispuestos a pagar. Las entradas para la final comenzaban en 10.990 dólares en plataformas oficiales de reventa; otras superaban los 32.000; una fue listada por 2,3 millones de dólares. El precio promedio por partido fue de casi 600 dólares.
Pero la mayor indignación fue la transformación del torneo en plataforma para arrogancia imperialista, militarismo y chovinismo antiinmigrante, sin protesta alguna de la FIFA ni de sus coanfitriones. La selección nacional de Irán llegó en condiciones que ninguna otra nación enfrentaba: su país estaba siendo sometido a una campaña de bombardeos estadounidense-israelí y amenazado con aniquilación. Los atletas vinieron de todos modos, a competir en un país que lanzó una guerra de agresión ilegal contra el suyo. Estados Unidos respondió prohibiendo a la selección de Irán pasar una sola noche en suelo estadounidense, a pesar de que todos sus partidos se disputaban en sedes estadounidenses. Obligados a establecer su base de entrenamiento en Tijuana, debían cruzar la frontera, jugar y regresar el mismo día, tratados no como invitados sino como amenazas a la seguridad. A quince miembros del cuerpo técnico iraní se les negó la visa de entrada, e se impuso una prohibición general a los aficionados iraníes. Tijuana dio a los jugadores iraníes una bienvenida de héroes, desafiando los abusos de Washington.
La FIFA ordenó a la selección de Haití —en su segunda aparición en una Copa Mundial— retirar de su uniforme un símbolo que conmemoraba la Batalla de Vertières del 18 de noviembre de 1803, donde el ejército revolucionario de esclavos de Jean-Jacques Dessalines aplastó a las fuerzas de Napoleón enviadas para reimponer la esclavitud. Una aristocracia empeñada en recolonizar el hemisferio era naturalmente hostil a la memoria de la Revolución haitiana, la única revolución de esclavos exitosa que estableció la primera república negra independiente en 1804. La FIFA consideró la representación demasiado "política", viniendo de una burocracia corrupta que convirtió la Copa en vehículo promocional para Trump. La censura fue acompañada de una prohibición de viaje a Estados Unidos para aficionados haitianos, un insulto a la historia del deporte estadounidense: Joe Gaetjens, un lavaplatos haitiano indocumentado en Nueva York, marcó el gol que derrotó a Inglaterra para Estados Unidos en el Mundial de 1950.
El catálogo de humillaciones se extendió más allá. Oficiales de inmigración realizaron registros corporales a jugadores senegaleses y uzbekos en la pista del aeropuerto como si fueran sospechosos de terrorismo. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan —el primer somalí jamás designado para un Mundial— fue detenido durante once horas en el aeropuerto de Miami a pesar de tener una visa válida y pasaporte diplomático, luego expulsado del país. Cuando se le preguntó, Infantino dijo a los seguidores que se "relajaran". Al delantero suizo Breel Embolo, nacido en Camerún, le fue revocada su autorización de viaje horas antes del vuelo de su equipo. El jugador iraquí Aymen Hussein fue interrogado durante casi siete horas en O'Hare; al fotógrafo de la selección iraquí se le negó la entrada por completo. Aficionados de Senegal, Costa de Marfil y Marruecos enfrentaron denegaciones masivas de visa. Innumerables periodistas africanos e iraníes recibieron visas de una sola entrada que les impedían seguir a sus selecciones por los tres países anfitriones. Al director de la Asociación Palestina de Fútbol se le negó la visa por completo.
La comparación con los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 no es hipérbole. La administración Trump libra una guerra de agresión activa contra Irán, arma un genocidio en Gaza, detiene a trabajadores inmigrantes en campos de concentración y los deporta en masa, mata a manifestantes pacíficos y secuestra a jefes de Estado extranjeros, todo mientras organiza lo que la FIFA llama una celebración de la "unidad". Siendo Trump un estudiante de Hitler, el chovinismo actual contra jugadores, árbitros, aficionados y periodistas extranjeros de naciones predominantemente negras reproduce el vilipendio nazi de las razas "inferiores". El torneo se escenifica detrás de un despliegue policial militarizado que se aproxima a un estado de "guerra total". Los 11.000 millones de dólares en ingresos previstos miden hasta qué punto la fusión del deporte, la violencia estatal, el saqueo oligárquico y el giro hacia el fascismo ha alcanzado su punto final lógico bajo el capitalismo.
Notable Quotes
El deporte pertenece a todos. Los maestros y trabajadores que salieron a las calles en las afueras del Estadio Azteca; los trabajadores de servicios en el SoFi que se enfrentaron a los salarios de miseria y las amenazas del ICE; los atletas, periodistas, aficionados y funcionarios de federaciones sometidos a las humillaciones de la maquinaria migratoria de Trump: todos expresan una única contradicción subyacente.— Análisis del World Socialist Web Site
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué la FIFA permitió que Trump tomara el control de este torneo?
Porque la FIFA ya no es un organismo deportivo independiente. Es una herramienta del poder político y financiero. Trump ofrece dinero, visibilidad global y autoridad estatal. La FIFA simplemente se rinde.
Pero ¿qué pasa con los atletas? ¿No tienen voz?
Los atletas son rehenes. Entrenan durante años para este momento. ¿Qué van a hacer, negarse a jugar? La estructura del poder está diseñada para que no tengan opción.
El trato a Irán parece particularmente cruel.
Lo es. Irán está siendo bombardeado mientras sus atletas compiten en el país que los bombardea. Y luego se les niega incluso un lugar donde dormir. Es humillación sistemática, no accidente.
¿Y los trabajadores de servicios que amenazaban con huelga?
Ganaron un 96 por ciento de voto para huelga. Pero el sindicato negoció en secreto y aceptó un acuerdo que ni siquiera les mostró. Los trabajadores fueron traicionados por sus propios líderes.
¿Esto es realmente comparable a 1936?
Sí. Ambos son eventos deportivos capturados por regímenes para proyectar poder, legitimidad y unidad nacional. Ambos excluyen y humillan a los que el régimen considera inferiores. La diferencia es que ahora el fascismo se disfraza de mercado libre.
¿Qué debería pasar?
Los trabajadores, atletas y aficionados necesitan reconocer que comparten un enemigo común: la oligarquía que convirtió el deporte en mercancía. Eso requiere solidaridad internacional de clase, no lealtad a banderas.