Desde que los satélites de Starlink demostraron ser infraestructura crítica en el conflicto ucraniano, el cielo se ha convertido en un nuevo tablero geopolítico. Lo que parecía una apuesta excéntrica de un magnate tecnológico es hoy un recurso estratégico que gobiernos y corporaciones compiten por controlar. Amazon, China y Europa intentan romper la hegemonía de SpaceX en la órbita baja, aunque ninguno lo hace desde una posición de igualdad. La dependencia de un solo actor privado para sostener comunicaciones en tiempos de guerra ha revelado una vulnerabilidad que el mundo no puede permitirse