En Pyongyang, la música y el poder se encontraron bajo el mismo techo cuando Kim Jong Un acudió en persona al Teatro Moranbong para conmemorar los ochenta años de la Orquesta Sinfónica Nacional de la RPDC. El gesto, cargado de protocolo y simbolismo, recordó que en ciertos sistemas políticos las instituciones culturales no son ornamento del Estado, sino columna vertebral de su narrativa. La longevidad de la orquesta fue celebrada no solo como logro artístico, sino como prueba de fidelidad ideológica, revelando cuánto puede pesar la historia de una institución cuando el poder decide convertirla