A los dieciocho años, Michael Major subió a Steam un juego de broma valorado en doscientos dólares y vio cómo el mundo le devolvía, literalmente, casi todo lo que le había dado: de más de un millón trescientos mil dólares en ventas, apenas conservó dos mil. Su historia no es solo la de una travesura digital que salió mal, sino la de una grieta estructural en la economía de los videojuegos independientes, donde las reglas diseñadas para proteger al consumidor pueden dejar al creador sin nada.