Hace sesenta y seis millones de años, en una Patagonia tropical y exuberante, un depredador de siete metros perfeccionó el arte de matar de una manera que el norte nunca imaginó. El Joaquinraptor casali, cuyo esqueleto casi intacto fue desenterrado en Argentina tras tres campañas de excavación, nos recuerda que la evolución no tiene un único idioma: mientras el Tyrannosaurus rex apostaba por la mordida devastadora, este megarraptor sudamericano eligió la precisión letal de sus garras. Su última comida, aún fosilizada entre sus mandíbulas, es un testimonio silencioso de que la excelencia depred