En julio, Japón alcanzó simultáneamente sus mayores cifras de importaciones y exportaciones desde 1979, y aun así cerró el mes con déficit comercial por tercera vez consecutiva. Esta paradoja revela una economía que el mundo sigue demandando con entusiasmo, pero que paga un precio creciente por su dependencia energética y la fragilidad de su moneda. El estrecho de Ormuz cerrado y un yen que no logra recuperarse configuran el telón de fondo de una nación que exporta vigor pero importa vulnerabilidad.