Cualquier conflicto social o problema ambiental se traduce directamente en riesgo financiero
Los riesgos ambientales y sociales afectan directamente la capacidad de las empresas para generar rentabilidad y repagar deudas, transformando la sostenibilidad en preocupación financiera central. Argentina ya movilizó más de US$4.500 millones en financiamiento sostenible y otorgó 121.000 créditos sostenibles, reflejando un ecosistema regulatorio propicio para estas iniciativas.
- Argentina movilizó más de US$4.500 millones en financiamiento sostenible
- Se otorgaron más de 121.000 créditos sostenibles en el país
- Las cinco empresas tecnológicas más grandes invirtieron US$700.000 millones en infraestructura de IA este año
- La Bolsa argentina creó un índice de sustentabilidad con las 15 empresas más sustentables que cotizan
Iván Buffone, director de BS Capital Partners, explica que los conflictos sociales y ambientales se traducen directamente en riesgos financieros, posicionando las finanzas sostenibles como herramienta central para evaluar inversiones en contexto de volatilidad global.
Iván Buffone se sienta en el décimo summit de Sustentabilidad organizado por LA NACIÓN y plantea una pregunta que parece obvia una vez que la escuchas: ¿qué tienen que ver las finanzas con la sostenibilidad? La respuesta, según el director de BS Capital Partners y líder estratégico en el Grupo de Fundaciones y Empresas, es que tienen mucho más en común de lo que la mayoría cree.
Vivimos en un momento de complejidad sistémica sin precedentes, explica Buffone. Los desafíos no llegan solos; colisionan entre sí, se amplifican, generan situaciones incómodas. La pobreza, la desigualdad, las deudas sociales, el cambio climático y la degradación de los ecosistemas han obligado al mundo de los negocios a tomar en serio la agenda de sostenibilidad. No por altruismo, sino por supervivencia financiera. El contexto global actual está marcado por cuatro focos de conflicto que ponen al sistema económico a la defensiva. Primero, la relocalización de las fuentes de energía: hoy hay récord de inversiones en energías renovables, pero también en transporte y distribución, porque la seguridad energética y la diversificación de fuentes se han vuelto críticas. Segundo, la geopolítica en conflicto abierto. Las guerras comerciales, las disputas arancelarias y los conflictos armados ocupan un lugar central en la escena internacional después de décadas de relativo reposo, con récord de gasto en defensa especialmente en Europa y Asia. Tercero, la competencia feroz por la localización productiva. Los países compiten globalmente para atraer centros operativos, lo que tensiona el comercio, las cadenas de valor y el sistema financiero. Cuarto, la irrupción de la inteligencia artificial, que promete mejoras en productividad pero abre interrogantes profundas sobre el futuro del trabajo. La IA requiere energía, minerales y capital masivo: las cinco empresas tecnológicas más grandes del mundo invirtieron este año 700.000 millones de dólares solo en infraestructura, data centers y sistemas de transmisión. Por primera vez en la historia, esa cifra supera la inversión en petróleo y gas.
Buffone resume el contexto actual en dos palabras: volatilidad e inestabilidad. Y ese marco tiene una relación directa con el capital. La pregunta que surge es inevitable: ¿cómo reacciona el sistema financiero ante estas dificultades? Existe una premisa extendida de que el sistema financiero es frío, desapegado, que no se conmueve. Buffone la cuestiona. No es frialdad lo que caracteriza al sistema, sino preocupación aguda por los riesgos. El sistema financiero tiene gran sensibilidad al riesgo, a cómo los conflictos y problemas pueden afectar a una empresa en su producción, operación, capacidad de generar rentabilidad y capacidad de repagar sus deudas.
Aquí está el punto central: cualquier conflicto social o problema ambiental se traduce directamente en riesgo económico y financiero. Buffone lo ejemplifica de manera clara. Si una fábrica contamina el río que tiene al lado y la comunidad vecina se ve afectada, esa comunidad hará un piquete o el gobierno local tomará medidas y clausurará el establecimiento. La fábrica no puede funcionar; por ende, no puede repagar la deuda que tomó ni dar los dividendos que prometió. El sistema financiero entendió que el riesgo ambiental y el riesgo social son riesgo para el negocio.
Las finanzas sostenibles parten de una premisa sencilla: incorporar variables ambientales, sociales y de gobernanza (ASG) a las decisiones de inversión. Esto significa hacerse preguntas concretas. ¿Cuál es la relación de la empresa con el entorno? ¿Cómo gestiona su impacto ambiental? ¿Podría enfrentar un conflicto reputacional por cuestiones ambientales? ¿Cuida a sus trabajadores? ¿Tiene una cadena de valor acorde al servicio o producto que ofrece? Estos son los factores que miran las finanzas sostenibles para entender mejor los riesgos. De esta lógica surgieron metodologías, estándares y herramientas como los índices de sustentabilidad o los Principios de Inversión Responsable, que permiten a los inversores evaluar cómo son las empresas o proyectos en los que ponen su dinero. En Argentina, la Bolsa creó a través de BYMA un índice de sustentabilidad que reúne a las 15 empresas más sustentables que cotizan.
El inversor, actor central del sistema financiero, ya no busca únicamente rentabilidad. También quiere comprender el riesgo y el impacto que genera su inversión. Según cómo combine estas variables —impacto, retorno y riesgo— se posiciona en el continuo de capital. En los extremos están la inversión tradicional, que busca solo retorno financiero, y la filantropía, que busca exclusivamente impacto social o ambiental. En el medio están las finanzas sostenibles, que buscan gestionar riesgos y excluir rubros perjudiciales, y la inversión de impacto, que busca retorno financiero pero prioriza la generación de efectos positivos.
En Argentina existe un ecosistema activo en finanzas sostenibles integrado por bancos, mercado de capitales, empresas que buscan financiamiento, fondos de inversión y un marco regulatorio que, aunque enfrenta desafíos, resulta propicio. Según un estudio que citó Buffone, el país ya movilizó más de 4.500 millones de dólares en financiamiento sostenible y otorgó más de 121.000 créditos sostenibles. Estas cifras reflejan que hay reguladores promoviendo estas iniciativas y hay potencial. Sin embargo, advierte Buffone, buena parte del desarrollo del país dependerá del destino que se le dé al capital. Si se dirige ese potencial hacia proyectos con inclusión, generación de empleo, desarrollo genuino, cuidado ambiental, cadenas de valor locales y capacidad para integrarse al mundo, se habrá resuelto gran parte de la ecuación.
Notable Quotes
El sistema financiero tiene gran sensibilidad al riesgo, a cómo lo van a afectar los conflictos y problemas— Iván Buffone, director de BS Capital Partners
Si dirigimos ese potencial hacia proyectos con inclusión, generación de empleo, desarrollo genuino, cuidado ambiental y cadenas de valor locales, vamos a tener gran parte de la ecuación resuelta— Iván Buffone
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué el sistema financiero debería preocuparse por un conflicto social o un problema ambiental si eso ocurre lejos de sus oficinas?
Porque ese conflicto no se queda donde ocurre. Si una comunidad cierra una fábrica por contaminación, esa fábrica no genera ingresos, no repaga deudas, no cumple sus promesas de dividendos. El riesgo ambiental se convierte en riesgo financiero en cuestión de semanas.
Entonces, ¿las finanzas sostenibles son simplemente autopreservación disfrazada de ética?
No es disfraz. Es que la ética y la supervivencia financiera resultaron ser lo mismo. El inversor que ignora estos riesgos pierde dinero. El que los entiende y los gestiona, gana.
¿Qué diferencia hay entre una inversión sostenible y una inversión de impacto?
La sostenible gestiona riesgos y excluye lo perjudicial. La de impacto va más allá: busca retorno financiero pero prioriza generar efectos positivos reales. Una protege el capital; la otra lo pone al servicio de algo.
¿Y Argentina está lista para esto?
Tiene los números: 4.500 millones de dólares movilizados, 121.000 créditos sostenibles. Tiene reguladores que lo promueven. Lo que falta es dirección. Si ese capital va hacia inclusión genuina y empleo real, resolvemos mucho. Si va hacia lo mismo de siempre, solo cambiamos el nombre.