En septiembre, ocho organismos gubernamentales israelíes se reunirán para deliberar sobre el destino de ZIM, la histórica naviera estatal, cuya venta a Hapag-Lloyd y al fondo FIMI por US$4.200 millones pondría en manos extranjeras un activo que ha navegado durante décadas como emblema económico del país. La decisión trasciende lo comercial: es un espejo en el que Israel observa su propia relación con el Estado, la soberanía y la integración en una economía marítima global cada vez más concentrada.