Los científicos islandeses advierten sobre poblaciones escasas, pero sus recomendaciones se ignoran.
Este fin de semana, Islandia volvió a enviar barcos balleneros al Atlántico Norte por primera vez en dos años, reincorporándose a un grupo de apenas tres naciones que aún practican la caza comercial de cetáceos. La reanudación ocurre a pesar de recomendaciones científicas que advierten sobre poblaciones menguantes, y en un mundo donde el peso moral y económico de esta actividad se erosiona año tras año. Lo que Islandia navega hoy no es solo el océano, sino la tensión entre una tradición que se aferra a sí misma y un consenso global que ya la ha dejado atrás.
- Dos barcos islandeses zarparon este sábado para cazar ballenas amenazadas, rompiendo una pausa de dos años que había sido producto tanto de decisiones políticas como de cálculos económicos.
- Un activista se encaramó al mástil del Hvalur 9 para impedir su salida del puerto de Reikiavik, en un acto de resistencia física que no logró detener la embarcación pero sí visibilizó la oposición.
- La organización Hvalavinir convocó protestas en el puerto capitalino, señal de que la presión ciudadana contra la industria ballenera no ha desaparecido durante los años de pausa.
- El Instituto de Investigación Marina recomendó reducir las cuotas un 20% por escasez poblacional, pero la industria opera esta temporada sin que ningún obstáculo regulatorio haya acogido esa advertencia.
- Islandia se mantiene como uno de solo tres países —junto a Noruega y Japón— que persisten en la caza comercial, en un contexto donde el avistamiento turístico de ballenas ya supera en ingresos a su captura.
Este sábado, dos barcos islandeses pusieron rumbo al Atlántico Norte para reanudar la caza comercial de ballenas, una actividad que no se había practicado en el país desde 2024. Con esa salida, Islandia se reincorporó al reducido grupo formado por Noruega y Japón como las únicas naciones que mantienen esta práctica en el mundo.
La partida no fue tranquila. El jueves, un activista se encaramó al mástil del Hvalur 9 mientras el barco se preparaba para zarpar de Reikiavik, intentando impedir su salida. El gesto no tuvo éxito: la embarcación se hizo a la mar y el manifestante debió descender en Hvalfjörður antes de que la nave se adentrara en aguas profundas. La organización Hvalavinir anunció además una concentración de protesta para el domingo en el puerto capitalino.
La pausa de dos años no había sido accidental. En 2024, la entonces ministra de Agricultura se negó a otorgar permisos a tiempo, cancelando de facto la temporada. Al año siguiente, la industria —en dificultades económicas— decidió que una campaña no sería rentable. Este año, sin embargo, no hubo ningún freno político ni financiero.
Lo que sí existe, y está siendo ignorado, es una advertencia científica. El Instituto de Investigación Marina recomendó reducir las cuotas en una quinta parte, citando poblaciones insuficientes para soportar los niveles de captura anteriores, con límites sugeridos de 150 rorcuales comunes y 168 rorcuales aliblancos. La industria procedió de todas formas.
La pregunta que deja abierta esta temporada es si la pausa de dos años fue apenas un paréntesis o el preludio al cierre definitivo de una actividad que Islandia defiende cada vez más en solitario, mientras el mundo —y sus propios científicos— le piden que se detenga.
Este sábado, dos barcos islandeses zarparon hacia aguas del Atlántico Norte con un propósito que no se había concretado en dos años: la caza comercial de ballenas. Con esa salida, Islandia se reincorporó a un grupo muy reducido de naciones —solo Noruega y Japón lo acompañan— que mantienen operaciones balleneras en un mundo cada vez más hostil a la práctica.
La reanudación no fue sin fricción. El jueves, cuando el barco Hvalur 9 se preparaba para partir del puerto de Reikiavik, un activista se encaramó al mástil en un acto de resistencia física. Su intención era clara: impedir que la embarcación abandonara el muelle. No funcionó. El barco se hizo a la mar de todas formas, y el manifestante tuvo que descender en Hvalfjörður —el fiordo de las ballenas, como lo llaman localmente— antes de que la nave se internara en aguas profundas. La organización Hvalavinir, que se traduce como Amigos de las Ballenas, ya había anunciado una concentración de protesta para el domingo en el puerto capitalino.
Lo que hace notable este regreso es que no fue inevitable. En 2024, la entonces ministra de Agricultura islandesa, Bjarkey Olsen Gunnarsdóttir, se negó a otorgar permisos de caza hasta después de la fecha en que debería haber comenzado la temporada, lo que efectivamente la canceló. Al año siguiente, la industria ballenera —que enfrenta dificultades económicas estructurales— calculó que no habría ganancias en una campaña de pesca, así que los barcos permanecieron amarrados. Este año, sin embargo, no hubo obstáculos políticos ni económicos que detuvieran la operación.
Lo que sí existe es una recomendación científica que los cazadores están ignorando. El Instituto de Investigación Marina de Islandia sugirió este año reducir las cuotas en una quinta parte, argumentando que las poblaciones de ballenas son demasiado escasas para soportar los niveles de captura anteriores. La recomendación especificaba no superar 150 ejemplares de rorcual común y 168 de rorcual aliblanco. Esos números representan un reconocimiento de que estas especies están bajo presión.
La paradoja de Islandia es que su industria ballenera persiste en un contexto global donde la práctica ha perdido casi toda legitimidad económica y moral. Los barcos que zarparon este fin de semana operan en un mundo donde el turismo de avistamiento de ballenas genera más ingresos que su captura, donde la mayoría de las naciones han abandonado la caza hace décadas, y donde los argumentos científicos sobre sostenibilidad se debilitan cada año. Aun así, los permisos se otorgaron, los barcos se equiparon, y la temporada comenzó. Lo que suceda en las próximas semanas —cuántas ballenas se capturen, cómo responda la opinión pública islandesa, si las protestas escalan— determinará si esta pausa de dos años fue un paréntesis o el comienzo del fin de una tradición que Islandia parece cada vez más sola en defender.
Citas Notables
El Instituto de Investigación Marina de Islandia recomendó reducir en una quinta parte las cuotas de ballenas cazadas debido a la escasa población censada— Instituto de Investigación Marina de Islandia
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué Islandia insiste en esto cuando casi nadie más lo hace?
Porque la caza de ballenas está profundamente enraizada en la identidad nacional. Es tradición, es una forma de afirmar soberanía sobre los recursos marinos. Pero también es economía: aunque sea marginal, hay gente que vive de esto.
Pero dijiste que no es rentable. ¿Entonces por qué vuelven ahora?
Porque la decisión política cambió. En 2024 había una ministra que frenó los permisos. Este año, aparentemente, no hay esa resistencia. Y la industria decidió que podía intentarlo de nuevo.
¿Qué pasa con lo que dice el Instituto de Investigación Marina sobre reducir las cuotas?
Eso es lo más revelador. Los científicos islandeses están diciendo que las poblaciones no aguantan esto. Pero sus propias recomendaciones se ignoran. Es como si el país estuviera eligiendo deliberadamente no escuchar su propia ciencia.
¿Y la gente en Islandia? ¿Apoyan esto?
Hay activistas en los puertos, gente encaramada en mástiles. Pero también hay silencio. No sabemos si la mayoría de los islandeses respalda la caza o si simplemente no es un tema que los movilice como a los activistas.
¿Qué significa que solo tres países lo hagan?
Significa que Islandia está en una posición cada vez más aislada. Noruega y Japón están en la misma situación. Pero el mundo se está moviendo en otra dirección. Eso crea presión, aunque no siempre es suficiente para cambiar las cosas.