En Buenos Aires, una joven científica de 25 años trabaja en los márgenes de lo posible: un hidrogel elaborado con tejido placentario que podría, algún día, devolver vida al músculo cardíaco destruido por un infarto. El proyecto, aún en fase animal, encarna una de las preguntas más antiguas de la medicina regenerativa: ¿puede el cuerpo humano ser persuadido a reparar lo que el tiempo y la enfermedad han dañado? La respuesta no está escrita todavía, pero el andamiaje institucional, científico y comercial que rodea este trabajo sugiere que la pregunta se está haciendo con seriedad.