De estar en una esquina del tablero a estar cerca del centro de la partida
Intel pasó de perder a Apple en 2020 a ser considerado nuevamente para fabricar los chips M7 de la compañía, simbolizando la recuperación de confianza en su capacidad tecnológica. El verdadero motor del cambio está en contratos industriales masivos: Terafab (55.000 millones de dólares), acuerdos con Google y una inversión del 4% de Nvidia por 5.000 millones de dólares.
- Intel revalorizado casi 500% en el último año, alcanzando máximos históricos
- Apple considera usar fundiciones de Intel para fabricar procesadores M7
- Terafab: megafábrica de 55.000 millones de dólares en Texas con capacidad de 100.000-200.000 millones de componentes anuales
- Intel cotiza a más de 250 veces sus beneficios esperados, multiplicando máximos de la burbuja puntocom
Intel se recupera espectacularmente tras su peor crisis, con una revalorización del 500% impulsada por acuerdos con Apple, Google y el proyecto Terafab de Elon Musk, aunque su valoración actual parece desconectada de sus beneficios reales.
Hace apenas un año, Intel parecía condenada. La empresa que alguna vez dominó sin rival la fabricación mundial de chips había sido desplazada por Samsung en 2017 y luego por TSMC en ingresos de fundición. Pero el golpe más visible llegó en 2020, cuando Apple decidió dejar de usar sus procesadores y su arquitectura x86 para sus computadoras, migrando a chips propios basados en ARM. No era solo una pérdida de ingresos—rondaban los 6.000 millones de dólares anuales en ese negocio—sino una declaración pública de que Intel se había quedado atrás en el juego que más importaba.
Pat Gelsinger, el CEO que llegó después, intentó un giro radical: convertir a Intel en una fundición de chips para otros, al estilo de TSMC. El plan incluía nuevas plantas globales y tecnología de fabricación de punta, pero requería inversión colosal. Mientras la pandemia exponía la fragilidad de las cadenas de suministro de semiconductores, Intel apostó fuerte. El problema fue que el negocio se deterioró en otros frentes simultáneamente. Los trimestres de pérdidas se acumularon. Gelsinger se jubiló a finales de 2024, derrotado.
Li Bu-Tan, el nuevo CEO, heredó un gigante tambaléante. El corazón del plan era la tecnología 18A, supuestamente capaz de devolver a Intel a la primera división y atraer clientes externos. Pero durante meses llegaron reportes de dificultades técnicas, dudas sobre costos, incertidumbre sobre si llegarían a tiempo para competir con TSMC. Además, Intel parecía completamente fuera de la ola de la inteligencia artificial que Nvidia estaba surfeando con sus gráficas. La situación se veía desesperada.
Esta semana, sin embargo, todo cambió de dirección. Intel anunció avances significativos en 18A-P, una evolución de su tecnología estrella que ya está en producción de riesgo—es decir, el proyecto que muchos daban por muerto sigue avanzando hacia una fase comercial real. Y entonces reaparece Apple. La misma compañía que infligió el golpe más duro en 2020 estaría considerando usar las fundiciones de Intel para fabricar sus próximos procesadores M7. Las pruebas ya habrían comenzado. El simple hecho de que Apple esté mirando a Intel de nuevo es una victoria simbólica monumental: significa que confía nuevamente en su capacidad para fabricar tecnología de vanguardia.
Ming-Chi Kuo, una fuente con excelentes conexiones en Apple, filtró la noticia el miércoles. Pero el jueves llegó algo inesperado: Donald Trump confirmó públicamente en redes sociales que Apple había acordado trabajar con Intel para diseñar y construir chips en Estados Unidos. El anuncio respondía a una de sus grandes obsesiones legislativas: que la tecnología consumida en EE.UU. se fabrique en EE.UU. La cotización de Intel se disparó. Cuando los inversores consultaron el precio, descubrieron que la acción estaba en máximos históricos, revalorizada casi un 500% en el último año.
Pero este salto no se explica solo por Apple. Es un símbolo potente que condensa la narrativa, pero el verdadero motor está en dos puntos. Primero, la acumulación de contratos industriales impensables hace poco: el gobierno estadounidense compró el 9,9% de la compañía por 8.900 millones de dólares. Segundo, un cambio en el momento de la inteligencia artificial. El resultado es que Intel pasó de estar en una esquina del tablero, casi desahuciada, a estar cerca del centro.
El cliente más importante a mediano plazo podría no ser Apple, sino Elon Musk. Intel se comprometió hace tres meses con Terafab, la megafábrica que se levantaría en el condado de Grimes, Texas, desarrollada conjuntamente por Tesla, SpaceX y xAI. La inversión es astronómica: 55.000 millones de dólares. Producirá más de un terawatio de capacidad de computación anual y fabricará entre 100.000 y 200.000 millones de componentes—chips de IA y memorias—cada doce meses. Lo radical es que pretende hacer todo el ciclo de producción en el mismo lugar, desde diseño y litografía hasta empaquetado y testeo, rompiendo con la receta tradicional de la industria donde estos procesos ocurren a miles de kilómetros entre sí.
Google también ha confiado en Intel para suministro y co-desarrollo de chips, reforzando su posición en servidores y centros de datos. Y en septiembre pasado, Nvidia compró el 4% de Intel por 5.000 millones de dólares, creando una colaboración mano a mano con la empresa que lideró la revolución de la IA. Esto es crucial: Nvidia domina el entrenamiento de modelos con sus GPUs, pero Intel puede recuperar relevancia en la inferencia—donde los modelos se ejecutan en tiempo real—donde pesan más el costo, la eficiencia y la integración en servidores clásicos. Con los agentes inteligentes emergentes, ese trabajo encaja bien en CPUs e infraestructura de centros de datos tradicionales.
Pero incluso con esta euforia aparente, hay una advertencia. Intel se acerca a una capitalización de 670.000 millones de dólares, cotizando a más de 250 veces sus beneficios esperados. Esa cifra multiplica con holgura los máximos de la burbuja puntocom, cuando apenas rozaba las 60 veces. Las expectativas que el mercado está precificando parecen desconectadas de la realidad de los números.
Citações Notáveis
Apple ha acordado trabajar con Intel para diseñar y construir sus chips en EE.UU.— Donald Trump, confirmación oficial en redes sociales
El hecho de que Apple esté estudiando esa posibilidad ya supone una victoria simbólica para Intel— Análisis de la situación en la industria
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Cómo pasa una empresa de estar prácticamente muerta a valer 670.000 millones en menos de un año?
No es magia. Es que el mercado está apostando a que Intel recuperó algo que había perdido: la capacidad de fabricar chips de vanguardia. Cuando Apple vuelve a mirar a Intel, no es por nostalgia. Es porque cree que pueden hacer el trabajo.
Pero Apple podría fabricar sus propios chips. ¿Por qué necesitaría a Intel?
Porque fabricar es diferente a diseñar. Apple es brillante en diseño. Pero construir a escala, con la precisión que requiere la tecnología moderna, es otra cosa. Intel tiene las plantas, la experiencia, el conocimiento acumulado. Y ahora, aparentemente, la tecnología.
¿Y Terafab? Eso suena a un cambio fundamental en cómo se fabrica.
Es que lo es. Normalmente, un chip se diseña en un lugar, se fabrica en otro, se empaqueta en un tercero. Terafab quiere hacerlo todo en Texas. Es más eficiente, más rápido, menos costos de transporte. Si funciona, cambia el juego.
Entonces, ¿por qué el mercado está valorando a Intel a 250 veces sus beneficios esperados? Eso parece irracional.
Porque está apostando a que estos contratos—Apple, Terafab, Google—van a generar ganancias masivas. Pero eso es especulación. Los números actuales de Intel no justifican esa valoración. Es como la burbuja puntocom: todos creen en el futuro, pero nadie sabe si ese futuro llega.
¿Cuál es el riesgo real aquí?
Que 18A no funcione como se espera. Que TSMC siga siendo más rápido, más barato, más confiable. Que los clientes se arrepientan. Intel tiene que entregar, y rápido. Si falla, esta euforia desaparece tan rápido como llegó.