En los pliegues del cerebro humano, investigadores de Montreal y Oklahoma han encontrado que la aversión intensa ante sonidos cotidianos —ese malestar casi físico que provoca el masticar ajeno— no es un interruptor que se enciende o apaga, sino una sensibilidad que se distribuye a lo largo de un espectro continuo. La ínsula anterior y la red de saliencia, regiones que procesan el asco y la atención, parecen ser el hogar neurológico de la misofonía, un trastorno que podría tocar, en distintos grados, a uno de cada cinco seres humanos. Este hallazgo no solo reubica la condición en el mapa del ce