Honda avanza hacia la tercera generación de su Ridgeline con una propuesta que no busca imitar a sus rivales, sino profundizar su propia identidad: una camioneta que se niega a elegir entre la utilidad de una pick-up y el refinamiento de un SUV. En un segmento dominado por la tradición del chasis de largueros, la marca japonesa apuesta por la evolución discreta —más músculo visual, motor V6 actualizado, mayor vocación todoterreno— sin renunciar a la arquitectura monobloque que la distingue desde su origen. Aunque el modelo no llegará a Argentina, su desarrollo traza el rumbo filosófico que Hon