No hay nada en el cuerpo humano que estas bacterias no hayan tocado
Desde las heces fosilizadas de comunidades que vivieron hace dos mil años en México y Estados Unidos, investigadores de Harvard han extraído una lección que resuena en el presente: la transformación de nuestra dieta industrial ha empobrecido el ecosistema invisible que habita nuestros intestinos, y ese empobrecimiento guarda una relación profunda con la epidemia moderna de diabetes, obesidad y enfermedades autoinmunes. Lo que comemos no solo nos alimenta a nosotros, sino a las bacterias que, en silencio, gobiernan nuestra salud. La ciencia ahora contempla la posibilidad de recuperar lo perdido, reintroduciendo microbios ancestrales en cuerpos contemporáneos como una forma de sanar heridas que la modernidad abrió sin advertirlo.
- Las enfermedades crónicas como diabetes, obesidad y esclerosis múltiple han aumentado vertiginosamente, y la microbiota intestinal empobrecida aparece como uno de sus principales responsables.
- Análisis de 498 genomas microbianos reconstruidos a partir de heces de hace 2.000 años revelan que los intestinos antiguos eran más diversos, más protectores y radicalmente distintos a los nuestros.
- Nuestra microbiota moderna acumula más genes de resistencia a antibióticos y más bacterias que degradan la mucina intestinal, abriendo la puerta a inflamaciones crónicas y enfermedades sistémicas.
- La pérdida de diversidad bacteriana se vincula directamente con la dieta industrial: sin azúcares refinados ni ultraprocesados, las comunidades antiguas albergaban especies microbianas que hoy están en riesgo de extinción.
- Investigadores del MIT y Harvard ya trabajan en recolectar y preservar microbios de comunidades no industriales, con la vista puesta en trasplantes de microbiota fecal como terapia contra la epidemia de enfermedades crónicas.
Hace dos mil años, en lo que hoy es México y Estados Unidos, las personas comían maíz, insectos, hongos y cactus. Sus intestinos albergaban un universo bacteriano que la ciencia apenas comienza a comprender. Investigadores de Harvard analizaron ocho muestras de heces humanas conservadas de esa época y reconstruyeron 498 genomas microbianos, de los cuales 61 nunca habían sido descritos por la ciencia. Lo que encontraron cambia la forma de entender las enfermedades crónicas modernas.
Marsha Wibowo y su profesor Aleksandar Kostic, de la Escuela de Medicina de Harvard, publicaron sus hallazgos en Nature con una conclusión contundente: la microbiota de aquellas comunidades antiguas se asemejaba a la de grupos que hoy viven aislados del mundo industrial, como etnias indígenas amazónicas o tribus cazadoras-recolectoras africanas, donde la incidencia de enfermedades crónicas es notablemente menor. Los intestinos antiguos tenían más genes protectores. Los nuestros, en cambio, acumulan genes de resistencia a antibióticos y bacterias que degradan la mucina, la proteína que protege la pared intestinal. Cuando esa barrera se deteriora, la inflamación se instala y las enfermedades proliferan.
La causa de esta transformación es tan simple como profunda: la dieta cambió. La alimentación antigua era diversa por necesidad, baja en calorías, libre de azúcares refinados y ultraprocesados. Hoy comemos de otra manera, y nuestras bacterias lo reflejan. Wibowo estima que cerca del 40 por ciento de los genomas recuperados correspondían a especies desconocidas para la ciencia, una pérdida de diversidad que se asocia directamente con obesidad y síndrome metabólico.
La siguiente frontera ya está en marcha. Eric Alm, del MIT, recolecta muestras de comunidades aisladas para crear un depósito de microbios en peligro de extinción. La hipótesis es que reintroducir esas bacterias perdidas en humanos modernos podría revertir parte del daño. Ya existen ensayos clínicos con trasplantes de microbiota fecal para enfermedades inflamatorias intestinales y terapias combinadas contra el cáncer. La industria farmacéutica observa con entusiasmo. Pero, como advierte Kostic, aún hay un largo camino por recorrer.
Hace dos mil años, en lo que hoy es México y Estados Unidos, las personas comían maíz, insectos, hongos y cactus. Sus intestinos albergaban bacterias distintas a las nuestras. Ahora, investigadores de Harvard han analizado ocho muestras de heces humanas conservadas de esa época y descubierto algo que explica por qué las enfermedades crónicas se han disparado en el mundo moderno: nuestra microbiota intestinal ha cambiado radicalmente, y no para bien.
Marsha Wibowo, estudiante de doctorado, y Aleksandar Kostic, su profesor de microbiología en la Escuela de Medicina de Harvard, llevan años persiguiendo una pregunta incómoda. ¿Por qué diabetes, esclerosis múltiple, obesidad y otras enfermedades autoinmunes han aumentado vertiginosamente en las últimas décadas? La respuesta, según su investigación publicada esta semana en Nature, está escrita en el código genético de las bacterias que viven en nuestros intestinos. El equipo reconstruyó 498 genomas microbianos a partir de esas muestras antiguas. De ellos, 181 mostraban evidencia sólida de ser antiguos y de origen intestinal humano. Sesenta y uno de esos genomas nunca habían sido descritos antes por la ciencia.
Lo que encontraron fue sorprendente: la composición bacteriana de aquellas comunidades antiguas se parecía mucho a la de grupos que hoy viven aislados del mundo industrial—pequeñas poblaciones en Fiji, etnias indígenas amazónicas, tribus cazadoras-recolectoras en las selvas africanas. Y en esas comunidades, la incidencia de enfermedades crónicas es mucho menor. Kostic explica que no hay nada en el cuerpo humano que estas bacterias no hayan tocado, desde enfermedades neurológicas hasta autoinmunes. Los intestinos antiguos tenían más genes que prevenían enfermedades. Los nuestros tienen menos de eso, pero muchos más genes de resistencia a antibióticos y genes que degradan la mucina, una proteína que protege la pared intestinal. Cuando esa capa de mucosidad se deteriora, se generan inflamaciones que abren la puerta a problemas de salud.
La razón de esta transformación es simple pero profunda: la comida cambió. Hace dos mil años, la dieta era diversa por necesidad. Había que aprovechar todo lo que rodeaba a las comunidades. El maíz requería bacterias específicas para ser digerido, un proceso que traía beneficios para la salud. Comían insectos, hongos, cactus. Kostic pudo verlo bajo el microscopio: los restos de esos alimentos estaban ahí, en las heces fosilizadas. Esa dieta era mucho más baja en calorías, sin azúcares refinados, sin ultraprocesados, sin pesticidas. Hoy comemos diferente, y nuestras bacterias lo saben.
Wibowo señala que aproximadamente el 40 por ciento de los genomas recuperados de las muestras antiguas eran especies que la ciencia nunca había descrito. Esa pérdida de diversidad está directamente asociada con obesidad y síndrome metabólico. Hay evidencia de que cuando se trasplanta microbiota fecal de donantes sanos a personas con síndrome metabólico, mejora su sensibilidad a la insulina. Una bacteria en particular, la Akkermansia muciniphila, más presente en la microbiota antigua, mejora la salud metabólica. Esto no es especulación: es biología.
La siguiente frontera ya está en movimiento. Eric Alm, profesor del MIT, está recolectando muestras de microbiota de comunidades aisladas no industriales, aislando bacterias específicas y creando un depósito de especies microbianas en peligro de extinción. La hipótesis es que si se reintroducen algunos de estos microbios perdidos en humanos modernos, podrían haber beneficios para la salud. Kostic y Wibowo coinciden: ese es el siguiente paso. Ya hay ensayos clínicos usando trasplantes de microbiota fecal para la enfermedad inflamatoria intestinal, y se están probando terapias combinadas con medicamentos contra distintos tipos de cáncer. La industria biotecnológica y farmacéutica está entusiasmada. Si se usan heces sanas de donantes sanos y se las dan a personas enfermas, hay probabilidad de que mejoren.
Los investigadores esperan que al introducir bacterias del microbioma antiguo en humanos modernos se puedan ver mejores resultados contra la epidemia de enfermedades crónicas que continúa creciendo: obesidad, diabetes tipo dos, enfermedades alérgicas en niños pequeños. Esa es la esperanza. Pero, como dice Kostic, aún hay un largo camino por recorrer.
Citações Notáveis
Una de las claves para resolver por qué las enfermedades crónicas han aumentado está en los cambios de nuestra microbiota intestinal— Aleksandar Kostic, profesor de microbiología de Harvard
Hace 2.000 años la dieta era mucho más diversa. Se vivía una vida de subsistencia y había que aprovechar al máximo todo lo que te rodeaba— Aleksandar Kostic
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué importa tanto lo que comían hace dos mil años?
Porque lo que comemos determina qué bacterias viven en nuestros intestinos, y esas bacterias determinan cómo funciona nuestro cuerpo. Ellos comían diverso, nosotros comemos procesado. Eso cambió todo.
¿Entonces la solución es volver a comer como hace dos mil años?
No es tan simple. No podemos vivir como cazadores-recolectores. Pero sí podemos entender qué bacterias específicas nos falta y reintroducirlas. Es como restaurar un ecosistema perdido.
¿Y el trasplante fecal? ¿Eso realmente funciona?
Hay evidencia de que sí, al menos en ciertos casos. Si tomas bacterias sanas de alguien y las introduces en alguien enfermo, a veces mejora. Pero es todavía experimental, no es una cura universal.
¿Qué es lo más sorprendente que encontraron en esas heces antiguas?
Que el 40 por ciento de las bacterias que recuperaron nunca habían sido descritas por la ciencia. Significa que hemos perdido especies enteras de microbios. Son como especies en extinción que vivían dentro de nosotros.
¿Cuánto tiempo hasta que esto sea un tratamiento real?
Ya está empezando. Hay ensayos clínicos en marcha. Pero Kostic es honesto: aún hay un largo camino. No es algo que vaya a resolver la epidemia de obesidad y diabetes mañana.