Lo que está en peligro ahora es la democracia misma
Harvard se negó a aceptar las exigencias del Gobierno sobre admisión de estudiantes extranjeros e ideología, arriesgando 2.200 millones de dólares en financiación federal. Los tribunales pararon los pies al presidente, los estudiantes internacionales continuaron llegando y la financiación no se cortó, pero la presión gubernamental persiste con nuevas demandas.
- Harvard rechazó exigencias del Gobierno sobre admisión de estudiantes extranjeros, arriesgando 2.200 millones de dólares en financiación federal
- Los tribunales pararon los pies al presidente; los estudiantes internacionales continuaron llegando y la financiación no se cortó
- El Departamento de Justicia demandó a Harvard en marzo por vulnerar derechos de estudiantes judíos e israelíes
- Trump anunció en febrero que reclamaría 1.000 millones de dólares por "daños y perjuicios"
- Elizabeth Dabek, investigadora de 30 años, vio su contrato reducido a la mitad y tuvo que crear una empresa adicional
Harvard ha resistido la arremetida de la administración Trump al rechazar exigencias sobre admisión de estudiantes y políticas de minorías, arriesgando 2.200 millones en financiación federal. Aunque ganó esta batalla inicial, la universidad enfrenta una guerra prolongada con nuevas demandas y amenazas.
En su despacho abarrotado de la Escuela de Derecho de Harvard, el profesor Randall Kennedy se detiene después de una larga conversación y mira hacia atrás. Recuerda 1968: los asesinatos de Martin Luther King y Robert F. Kennedy, las revueltas en las calles, el miedo generalizado. Cuando Nixon ganó a Humphrey por poco, nadie cuestionaba seriamente que se contaran los votos o que el perdedor reconociera su derrota. Nadie temía un golpe militar. "Lo que estamos viviendo ahora no es normal", dice Kennedy con urgencia. "Lo que está en peligro es la democracia misma, evitar que el Gobierno controle todas las instituciones". Lleva una camiseta con la cara de William Lloyd Garrison, el abolicionista, mientras trabaja en un libro titulado El asedio de Harvard, un manuscrito que probablemente llegará a imprenta sin su capítulo final porque aún está por escribirse.
Durante los últimos quince meses, Harvard ha resistido una embestida sin precedentes de la Administración Trump. La universidad más rica y prestigiosa del país, que en una década cumplirá quinientos años, se enfrentó a una decisión imposible: aceptar las exigencias presidenciales sobre admisión de estudiantes extranjeros, políticas de minorías y lo que los republicanos llaman ideología woke, o arriesgar dos mil doscientos millones de dólares en financiación federal. Mientras medios como ABC y CBS, grandes bufetes de abogados y universidades como Pensilvania y Columbia cedían, Harvard se plantó. El profesor Ricardo Hausmann, que enseña en la Escuela Kennedy desde hace más de veinte años, recuerda el "pánico absoluto" que reinaba entonces. Los responsables temían que se cancelaran los visados de todos los estudiantes extranjeros, que en esa escuela de políticas públicas representan más de la mitad del alumnado. El claustro ya preparaba el regreso a clases completamente online, como durante la pandemia.
Pero los peores escenarios no se cumplieron. Los tribunales frenaron al presidente. Los estudiantes internacionales siguieron llegando. La financiación federal no se cortó. Sin embargo, Kennedy advierte que la batalla apenas comienza. "Negarse a aceptar la extorsión fue sumamente importante", dice, "pero Harvard sigue inmersa en una auténtica batalla. Mi temor es que finalmente llegue a un acuerdo, quizás no tan ofensivo como el que buscaba Trump hace un año, pero en el que claudique en ciertos aspectos".
A pesar de los reveses judiciales, el Gobierno ha continuado elevando la presión. En marzo, el Departamento de Justicia demandó a la universidad por vulnerar los derechos de estudiantes judíos e israelíes durante las manifestaciones contra la política de Netanyahu tras la guerra en Gaza. En febrero, Trump anunció que reclamaría mil millones de dólares por "daños y perjuicios", una acusación tan vaga que ni siquiera explicó por qué esa cifra y no el doble o la mitad. Con esta estrategia, el Gobierno amenaza una de las fuentes de prosperidad más importantes del país en el último siglo: su capacidad extraordinaria de atraer talento de todo el mundo.
Steve Levitsky, autor de Cómo mueren las democracias y profesor de Estudios Latinoamericanos en Harvard, señala la dificultad de interpretar estos movimientos. ¿Continuará el asedio en el próximo curso o Trump, distraído con Irán y las elecciones de medio mandato de noviembre, tiene ahora otras prioridades? "Esta es una Administración muy caótica, incoherente y fragmentada internamente", explica. "Resulta muy difícil identificar cualquier estrategia a medio o largo plazo. Creo que cada día se levantan y deciden qué hacer". Lo que parece evidente es que Trump no está satisfecho al no haber conseguido su objetivo: transformar esta institución centenaria.
El ambiente en Cambridge ha cambiado. Ya no reina el pánico. Cada nuevo anuncio se interpreta como parte de la cacofonía cansina de esta Administración. Pocas personas siguen al día todas las demandas y amenazas que llegan de Washington. Pero eso no significa que nada haya cambiado. Elizabeth Dabek, investigadora de treinta años, ha visto su contrato reducido a la mitad. Ha tenido que crear una empresa para redondear ingresos con los que no llegaba a fin de mes. "Muchos estudiantes de posgrado de mi laboratorio quieren convocar una huelga ante unas condiciones cada vez peores con un coste de la vida que no para de subir", asegura, "y eso que Harvard suele pagar mejor que otras universidades". En el último año, la universidad acometió profundos recortes y despidos, pese a sus saneadísimas cuentas: un fondo de reserva que el año pasado ascendía a casi cincuenta y siete mil millones de dólares.
La institución que preside Alan Garber también ha dado pasos que podrían interpretarse como intentos de calmar la furia de Trump: descabezar el Centro de Estudios de Oriente Próximo, reprimir protestas estudiantiles, suprimir cualquier actividad que pueda percibirse como defensa de la causa palestina. Levitsky lo describe como la estrategia del niño al que sus padres le dicen que ordene su habitación y responde: "Vale, pero lo hago porque quiero, no porque tú me lo digas". "Garber ha seguido una estrategia inteligente que ha funcionado, pero ha tenido sus costes. Harvard sigue actuando con miedo, siendo muy cautelosos para que no se le perciba como demasiado woke o demasiado propalestino, algo que creo que es un error".
Es difícil encontrar voces a favor de Trump en Harvard, pero no imposible. Milton, un estudiante de ciencias que prefiere no revelar su identidad, cree que la ideología izquierdista se había implantado demasiado, dificultando el debate libre. "Algunas críticas tenían sentido", dice mientras come de un tupper al aire libre. "En China hay universidades de élite destinadas a formar a sus jóvenes y a nadie le extraña. ¿Por qué aquí no ocurre lo mismo?". Reconoce que choca frecuentemente con sus compañeros por sus opiniones. La mayoría de estudiantes y profesores están fuera del campus, descansando de un año agotador. Saben que el próximo no será fácil. La cuestión no es si Trump volverá a la carga, sino cuándo y cómo.
Citações Notáveis
Lo que estamos viviendo ahora no es normal. Lo que está en peligro es la democracia, evitar que el Gobierno controle todas las instituciones.— Profesor Randall Kennedy, Escuela de Derecho de Harvard
Harvard sigue actuando con miedo. Siendo muy cautelosos para que no se le perciba como demasiado woke o demasiado propalestino, algo que creo que es un error.— Steve Levitsky, profesor de Estudios Latinoamericanos en Harvard
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué Harvard decidió arriesgar dos mil doscientos millones de dólares en lugar de simplemente ceder a las exigencias?
Porque ceder habría significado algo más profundo que perder dinero. Habría sido validar la idea de que una Administración puede controlar cómo funciona la educación superior en este país. Harvard vio que otros cedían y decidió que alguien tenía que decir que no.
Pero ganaron esta batalla. ¿Por qué entonces el tono es tan pesimista?
Porque una batalla ganada no es la guerra ganada. Los tribunales frenaron al Gobierno esta vez, pero Trump sigue presionando de otras formas: demandas, amenazas de dinero, cambios en políticas. Harvard está ganando tiempo, no seguridad.
¿Qué significa que la universidad esté "actuando con miedo"?
Significa que está haciendo cosas que probablemente no haría en circunstancias normales. Cerrando centros de investigación, reprimiendo protestas estudiantiles, siendo muy cuidadosa con qué actividades permite. No porque crea que es lo correcto, sino porque teme represalias.
¿Y los investigadores como Elizabeth Dabek? ¿Qué les está pasando realmente?
Sus contratos se reducen a la mitad. Tienen que crear empresas secundarias para sobrevivir. Sus estudiantes de posgrado hablan de huelgas. Todo esto ocurre mientras Harvard tiene cincuenta y siete mil millones de dólares en reservas. Es una decisión política, no una necesidad económica.
¿Cree que Trump volverá a atacar?
La pregunta no es si volverá. Es cuándo. Esta Administración es caótica e impredecible, pero su objetivo con Harvard nunca ha desaparecido. Solo está esperando el momento adecuado.
¿Qué está en juego realmente aquí?
La democracia misma, según los profesores que viven esto. Si el Gobierno puede controlar las universidades, controla dónde se forma el pensamiento crítico. Eso es lo que Kennedy quiso decir cuando habló de 1968. Entonces nadie cuestionaba si se contarían los votos. Ahora sí. Eso es lo que ha cambiado.