Hannes Cools: «Con la IA existe el riesgo de que la gente ya no se crea nada»

Existe el riesgo de que la gente ya no se crea nada
Cools advierte sobre la consecuencia más profunda de la confusión entre lo real y lo falso generada por la IA.

En Bruselas, el profesor Hannes Cools observa cómo la inteligencia artificial remodela no solo las redacciones, sino la relación que las sociedades mantienen con la verdad. Lo que inquieta no es la máquina en sí, sino su capacidad para sembrar una duda tan profunda que lo auténtico y lo fabricado se vuelvan indistinguibles. Europa, advierte, lleva demasiado tiempo delegando su infraestructura digital en manos ajenas, y esa dependencia, antes invisible, hoy se siente como fragilidad política. El debate que propone no es entre utopía y catástrofe, sino entre decisiones humanas conscientes sobre qué queremos proteger y por qué.

  • La IA propaga desinformación a una velocidad y escala sin precedentes, erosionando la capacidad del público para distinguir lo real de lo generado artificialmente.
  • La confusión es ya bidireccional: fotografías reales de incendios son tomadas por montajes, mientras contenidos falsos parecen plausibles, generando una crisis de confianza que amenaza la democracia.
  • Europa carece de soberanía digital real frente a las grandes tecnológicas estadounidenses, como ilustra el caso en que servidores apagados dejaron a jueces internacionales sin acceso a sus propios archivos durante dos semanas.
  • Las redacciones europeas adoptan herramientas de IA de forma desigual, más según su cultura organizativa que según la tecnología disponible, sin repensar verdaderamente cómo se produce y consume la información.
  • El camino que propone Cools no es la independencia digital total ni la rendición, sino identificar qué sectores —periodismo, democracia— requieren mayor autonomía como infraestructuras críticas.

Hannes Cools, profesor de Factor Humano y Nuevas Tecnologías en la Universidad de Ámsterdam, modera debates sobre inteligencia artificial y periodismo desde Bruselas. Lo que observa lo preocupa sin sorprenderlo: la tecnología siempre ha moldeado cómo las sociedades producen información, pero ahora lo hace con una velocidad y una capacidad de borrar la frontera entre lo verdadero y lo falso que no tienen precedente.

En los Países Bajos, los medios ya integran modelos de lenguaje en sus redacciones para resumir noticias, simplificar textos o adaptar contenidos a distintas audiencias. Algunos lo abrazan, otros se resisten. Cools observa que la adopción depende más de la cultura de cada organización que de la tecnología misma. Pero advierte que la industria, por ahora, solo optimiza lo que ya hace en lugar de repensar cómo se consume la información.

El peligro más profundo no es la herramienta, sino lo que hace con la verdad. La desinformación siempre existió, pero la IA la amplifica a escala inédita. Lo más insidioso es el efecto en la mente del público: cuando verificadores de datos le cuentan que muchas personas asumen que imágenes reales de incendios son generadas por máquinas, Cools ve con claridad el riesgo. Lo auténtico parece falso. Lo falso parece posible. Y la gente, eventualmente, deja de creer en nada.

Esa crisis de confianza tiene dimensiones políticas. Europa, señala Cools, no es soberana en términos digitales. Su dependencia de las grandes tecnológicas estadounidenses, antes cómoda, hoy se siente como vulnerabilidad. El ejemplo es contundente: cuando un veredicto de la Corte Internacional de Justicia disgustó a Estados Unidos, los servidores que alojaban los correos y documentos de los jueces fueron apagados. Durante dos semanas, los magistrados no pudieron acceder a sus propios archivos.

Sin embargo, Cools rechaza el pensamiento binario. No propone independencia digital total —irrealista— sino un debate honesto sobre qué sectores, como el periodismo o la democracia, necesitan mayor autonomía por ser infraestructuras críticas. Lo que ha aprendido estudiando décadas de cobertura mediática sobre automatización es que la verdad siempre está en el medio: la IA transformará el periodismo, pero serán decisiones humanas —políticas, editoriales, colectivas— las que determinen qué se protege y qué se deja cambiar.

Hannes Cools se sienta en una mesa de conferencia en Bruselas, moderando un debate sobre inteligencia artificial y periodismo. Es profesor de Factor Humano y Nuevas Tecnologías en la Universidad de Ámsterdam, y ha pasado años observando cómo las máquinas reconfiguran el trabajo de contar historias. Lo que ve lo preocupa, pero no lo sorprende. La tecnología siempre ha moldeado la forma en que las sociedades producen y consumen información. Lo que es diferente ahora es la velocidad, la escala y la capacidad de las herramientas para desdibujar la frontera entre lo verdadero y lo falso.

En los Países Bajos, los periódicos ya están integrando sistemas de aprendizaje automático en sus redacciones. Estos modelos lingüísticos grandes —máquinas entrenadas para comprender y generar lenguaje humano— sugieren cómo simplificar un párrafo, cómo resumir una noticia para diferentes grupos de lectores, cómo hacer más eficiente el trabajo que ya existe. Algunos medios abrazan estas herramientas con entusiasmo. Otros se resisten. Cools observa que la adopción depende menos de la tecnología en sí que de la cultura de cada organización. Pero en ningún caso se trata simplemente de hacer lo mismo más rápido. El periodismo está cambiando de forma: fragmentándose en piezas modulares, adaptándose a audiencias más jóvenes que prefieren lo visual, a lectores mayores que quieren texto. Sin embargo, Cools advierte que la industria aún no está pensando en reinventar realmente cómo se consume la información. Solo está optimizando lo que ya hace.

El verdadero peligro no reside en la tecnología misma, sino en lo que hace con la verdad. La desinformación no es nueva, pero la IA la amplifica de formas sin precedentes. Se propaga más rápido, llega a más gente, se multiplica en plataformas que fragmentan a las audiencias en mil direcciones. Y lo más insidioso es lo que sucede en la mente del público: la gente empieza a dudar de todo. Cuando verificadores de datos hablan con Cools sobre incendios forestales, le cuentan que muchas personas asumen que las imágenes son generadas por máquinas, cuando en realidad son fotografías reales. La confusión es bidireccional. Lo auténtico parece falso. Lo falso parece posible. El riesgo, dice Cools con claridad, es que la gente simplemente deje de creer en nada.

Esta crisis de confianza no es solo un problema de medios. Es un problema político. Europa, observa Cools, no es soberana en términos digitales. Durante demasiado tiempo ha dependido de las grandes empresas tecnológicas estadounidenses. Ahora, con Donald Trump en la Casa Blanca, esa dependencia se siente como una vulnerabilidad. Cools pone un ejemplo concreto: cuando la Corte Internacional de Justicia emitió un veredicto que desagradó a Estados Unidos, los servidores que alojaban el correo electrónico y los documentos de los jueces fueron apagados. Durante dos semanas, los magistrados no pudieron acceder a sus propios archivos. Es una ilustración brutal de lo que puede suceder cuando la infraestructura crítica está en manos de otros.

Pero Cools también advierte contra el pensamiento binario. No se trata de elegir entre autonomía digital total o dependencia completa. Algunos sectores —el periodismo, la democracia— probablemente necesiten mayor independencia porque son infraestructuras críticas. Otros, como la verificación de imágenes médicas, podrían permitirse ser más dependientes. El debate actual es demasiado radical, demasiado utópico o distópico. O la IA nos salvará o nos destruirá. O nos quitará todos los empleos o podremos jubilarnos a los veinticinco años. Ninguna de esas narrativas es realista.

Lo que Cools ha aprendido estudiando cómo los medios han cubierto la automatización desde los años cincuenta es que la verdad siempre está en el medio. La IA cambiará el periodismo como profesión, como institución, como oficio. Pero no de la noche a la mañana. Serán decisiones humanas las que determinen si ciertos puestos desaparecen. Serán políticos y ejecutivos los que elijan qué sectores necesitan protección y cuáles pueden ser más flexibles. La tecnología es compleja, y requiere análisis exhaustivos sobre su impacto específico, su escala, su velocidad de cambio. Estamos viviendo en medio de esta transformación. No podemos verla con claridad porque estamos dentro de ella. Lo que sí podemos hacer es mantener una conversación honesta con la sociedad sobre dónde queremos estar en esa escala, qué significa realmente la soberanía digital, y cómo protegemos lo que importa sin pretender que podemos vivir completamente aislados de la tecnología que ya nos define.

La IA cambiará el periodismo como profesión, como institución y, de manera muy profunda, como un oficio
— Hannes Cools
Durante demasiado tiempo hemos estado dormidos y siendo dependientes de las grandes empresas tecnológicas estadounidenses
— Hannes Cools
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué crees que la gente empieza a no creer en nada cuando ve que la IA puede falsificar casi cualquier cosa?

Model

Porque la confianza se construye sobre la capacidad de distinguir. Cuando esa capacidad desaparece, cuando no puedes estar seguro de si una foto es real o generada, el sistema entero se tambalea. No es solo sobre la IA. Es que la IA hace visible algo que ya estaba pasando: que la realidad se vuelve cuestionable.

Inventor

Pero eso suena como si la culpa fuera de la tecnología. ¿No es más bien un problema de cómo la usamos?

Model

Sí y no. La tecnología no es neutral, pero tampoco es determinista. La IA puede amplificar la desinformación a una escala que antes era imposible. Eso es un hecho técnico. Pero quién decide usarla así, quién se beneficia, quién la controla—eso es político.

Inventor

Mencionaste que Europa no es soberana digitalmente. ¿Eso significa que deberíamos construir nuestra propia IA, nuestros propios servidores?

Model

No necesariamente. La autonomía total es un mito. Siempre dependeremos de algo. Pero hay dependencias que son más peligrosas que otras. Si tu democracia depende de servidores que otro país puede apagar, eso es crítico. Si tu sistema de salud depende de una herramienta de verificación de imágenes estadounidense, quizás puedas vivir con eso.

Inventor

Entonces, ¿cuál es el punto de inflexión? ¿Cuándo una dependencia se vuelve inaceptable?

Model

Cuando afecta a algo que es esencial para tu capacidad de funcionar como sociedad democrática. El periodismo es uno de esos pilares. La justicia es otro. Pero eso requiere que tengamos una conversación clara sobre qué es realmente crítico, y esa conversación aún no está sucediendo.

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