Desde los hogares más silenciosos hasta los más bulliciosos, millones de personas hablan con sus mascotas cada día sin saber que, al hacerlo, revelan algo profundo sobre la arquitectura del pensamiento humano. Investigadores de la Universidad de Chicago han confirmado que el cerebro no distingue entre imaginar la mente de una persona y la de un animal: utiliza el mismo mecanismo para ambos. Lejos de ser una excentricidad, esta conducta es una expresión fiel de cómo estamos construidos para relacionarnos con el mundo que nos rodea.