Acoger a un refugiado no es solo ofrecer una habitación
Diecinueve días después del inicio de la invasión rusa, España se enfrentaba a una pregunta que trasciende la política: cómo convertir el impulso de solidaridad en acogida real y sostenida. Con más de 2,8 millones de personas desplazadas al exterior y casi dos millones más atrapadas dentro de Ucrania, el Gobierno habilitó 12.000 plazas y tendió puentes hacia una red de organizaciones humanitarias con décadas de experiencia. La historia recordaba que abrir una puerta no basta; lo que importa es lo que ocurre después del umbral.
- Más de 2,8 millones de personas han cruzado las fronteras de Ucrania bajo los bombardeos, y casi dos millones más permanecen atrapadas en el interior del país.
- La solidaridad ciudadana española desbordó a las organizaciones humanitarias con llamadas y mensajes de ayuda, pero sin orientación clara sobre cómo actuar.
- El Gobierno habilitó 12.000 plazas de acogida que incluyen cursos de español, apoyo administrativo y orientación laboral, no solo alojamiento.
- Las ONG con experiencia en la región —algunas con vínculos con Ucrania desde Chernóbil en 1986— se convirtieron en el puente esencial entre familias acogedoras y refugiados.
- La aprobación final de cada acogida de menores recae en la Subdelegación de Gobierno provincial, garantizando un seguimiento real y apoyo económico cuando es necesario.
Diecinueve días llevaba la guerra cuando España comenzó a movilizarse. Las ofensivas rusas arrasaban ciudades enteras —Mariúpol, Odesa, Járkov— mientras más de 2,8 millones de personas cruzaban las fronteras y casi dos millones más permanecían desplazadas dentro del país. Las imágenes de familias huyendo llegaban a los telediarios con una regularidad insoportable, y la solidaridad brotó de inmediato: las organizaciones humanitarias se vieron desbordadas de llamadas de personas que querían ayudar pero no sabían cómo.
El Gobierno anunció 12.000 plazas de acogida, pero quedó claro desde el principio que abrir una puerta no era suficiente. Quienes llegaban necesitaban cursos de español, ayuda con trámites administrativos y orientación laboral. El Ministerio de Inclusión y las comunidades autónomas trabajaban para agilizar los procesos, mientras se recomendaba canalizar la ayuda ciudadana a través de ONG humanitarias con experiencia en la zona. La aprobación final de cada acogida de menores correspondía a la Subdelegación de Gobierno de cada provincia, con seguimiento posterior y apoyo económico si era necesario.
España tenía una historia particular con Ucrania: desde 1986, tras el desastre de Chernóbil, niños ucranianos habían llegado al país en programas de acogida vacacional. Esa experiencia acumulada cobró nuevo sentido. La Asociación Infancia de NAD, Ven con nosotros, Expoacción, Aldeas Infantiles y la Fundación Juntos por la Vida —que ya había confirmado la evacuación de 560 menores junto a sus madres hacia Valencia— activaron programas de respuesta. Cada familia que se ofrecía a acoger representaba un acto de humanidad en medio de la barbarie, pero para que funcionara tenía que hacerse bien: con apoyo real, con seguimiento, con la certeza de que quien llegaba encontraría no solo un techo, sino una puerta hacia una vida nueva.
Diecinueve días llevaba la guerra en Ucrania cuando España comenzó a movilizarse para recibir a quienes huían. Las tropas rusas mantenían sus ofensivas devastadoras en toda la geografía ucraniana: la capital, Mariúpol, Krivói Rog, Kremenchuk, Nikopol, Zaporiyia. Las sirenas antiaéreas sonaban en Odesa, Dnipró y Járkov. Mientras tanto, más de 2,8 millones de personas habían cruzado las fronteras buscando seguridad, y casi dos millones más permanecían desplazadas dentro del país, atrapadas en un territorio que se desmoronaba bajo los bombardeos.
Las imágenes llegaban a los telediarios españoles con una regularidad que se volvía insoportable: familias enteras huyendo, padres cargando a sus hijas en brazos, columnas de civiles en las carreteras. La solidaridad brotó de forma inmediata. Las organizaciones humanitarias españolas se vieron desbordadas de llamadas y mensajes de personas que querían ayudar pero no sabían por dónde empezar. El Gobierno respondió anunciando 12.000 plazas de acogida, pero quedó claro desde el principio que abrir una puerta no era suficiente.
Acoger a un refugiado ucraniano no significaba simplemente ofrecer una habitación. Quienes llegaban necesitaban mucho más: cursos de español para poder comunicarse, ayuda con los trámites administrativos que se acumulaban, orientación para encontrar trabajo o continuar sus estudios. El Ministerio de Inclusión y las comunidades autónomas, que tenían las competencias de acogida, trabajaban para agilizar los procesos y crear espacios desde donde dirigir a los recién llegados. Las entrevistas iniciales buscaban encontrar el mejor lugar para cada persona: con familiares si los había, o en los centros habilitados por las comunidades, el ministerio o las organizaciones no gubernamentales.
Desde el Gobierno se recomendaba explícitamente que la ayuda ciudadana se canalizara a través de las ONG humanitarias con experiencia en la zona. Aunque estas organizaciones eran el puente que conectaba a las familias acogedoras con quienes necesitaban refugio, la aprobación final de cada acogida de menores recaía en la Subdelegación de Gobierno de cada provincia. Los requisitos variaban según la comunidad autónoma, pero en todos los casos se evaluaba la idoneidad de quienes se ofrecían a acoger a un menor. Si la acogida se aprobaba, se hacía un seguimiento y, si era necesario, se proporcionaba apoyo económico a la familia.
España tenía una larga historia de vínculos con Ucrania. Desde 1986, después del desastre de Chernóbil, muchos niños ucranianos habían llegado al país para pasar temporadas en verano. Esa experiencia acumulada ahora cobraba sentido. La Asociación Infancia de NAD, especializada en programas de acogida vacacional, puso a disposición de las familias un formulario para recibir a damnificados por la guerra. Ven con nosotros, otra asociación con experiencia en acogidas de menores, informó de que ya contaba con familias suficientes para acoger de forma indefinida a niños y familias desplazadas, aunque pedía ayuda económica para gestionar la llegada y traer a más personas a un lugar seguro.
Expoacción, una ONG que trabajaba con personas sin hogar y realizaba talleres de empleabilidad, había puesto en marcha el programa Vacaciones por la Paz y ya había logrado traer a España a niños procedentes de Chernóbil, Donetsk y Kiev junto a sus madres. Habilitó un correo electrónico para las familias interesadas en acoger refugiados y comenzó a recopilar alimentos y ropa en diferentes puntos de la ciudad. Aldeas Infantiles, con una amplia trayectoria en la ayuda a niños y familias vulnerables en todo el mundo, lanzó su Programa de Respuesta a Emergencias con el objetivo de prevenir la separación familiar, acompañando a miles de niños y niñas junto a sus familias en los desplazamientos internos hacia el oeste de Ucrania.
La Fundación Juntos por la Vida llevaba desde 1994 realizando programas de acogimiento familiar de niños de Chernóbil, una labor que desde 2016 se había extendido a la zona del Donbass. Con la invasión rusa, voluntarios de la fundación se trasladaron al territorio para realizar evacuaciones. Ya había confirmado la evacuación de 560 menores ucranianos junto a sus madres hacia Valencia, pasando por Polonia. La Asociación Niños de Ucrania y Andalucía, especializada en intercambios de jóvenes entre ambos países, publicó en su página web un formulario para quienes quisieran convertirse en acogedores.
La maquinaria de la solidaridad se ponía en marcha, pero el desafío era enorme. Millones de personas seguían huyendo o atrapadas. Cada familia que se ofrecía a acoger representaba una pequeña grieta en la crisis, un acto de humanidad en medio de la barbarie. Pero para que funcionara, tenía que hacerse bien: con apoyo real, con seguimiento, con la certeza de que quien llegaba no solo encontraría un techo, sino una puerta hacia una vida nueva.
Notable Quotes
Las organizaciones españolas que trabajan en Ucrania están desbordadas de solicitudes de personas que quieren ayudar pero no saben cómo— ABC, reportaje sobre la crisis de refugiados
Quienes llegan a España necesitarán cursos de español, ayuda con los trámites administrativos y ayuda para encontrar trabajo o continuar los estudios— Ministerio de Inclusión
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué el Gobierno insiste en que la ayuda pase por las ONGs y no directamente entre familias?
Porque una familia bien intencionada puede no estar preparada para lo que implica. Un refugiado no solo necesita dormir en una cama. Necesita papeles, dinero, alguien que hable su idioma, acceso a servicios. Las ONGs tienen esa red.
¿Qué diferencia hay entre acoger a un niño de Chernóbil en verano y acoger a un refugiado de guerra ahora?
Todo. En verano era temporal, previsible, con fecha de regreso. Ahora es indefinido. No saben cuándo podrán volver, si podrán volver. El trauma es diferente.
¿Realmente necesitaban 12.000 plazas?
Con 2,8 millones de personas fuera del país y casi 2 millones más desplazadas internamente, 12.000 plazas es apenas un gesto. Pero es un gesto que dice: aquí hay un lugar para ti.
¿Por qué la Subdelegación de Gobierno tiene que aprobar cada acogida de menores?
Protección. Necesitan verificar que la familia es segura, que no hay riesgos. Es un filtro. Lento, a veces burocrático, pero existe por una razón.
¿Qué pasó con los niños que ya estaban en España antes de la invasión?
Muchos se quedaron. Algunos tenían familia aquí. Otros simplemente no pudieron regresar. De repente, una acogida de verano se convirtió en un hogar permanente.