La máquina ayuda a decidir quién puede ser atacado
En la guerra moderna, la violencia no siempre tiene rostro visible: dos investigaciones recientes revelan que sistemas de inteligencia artificial como Lavender y The Gospel, respaldados por corporaciones tecnológicas estadounidenses como Google y Amazon, forman la columna vertebral invisible de la ocupación israelí en Gaza. La población palestina es reducida a datos procesables por algoritmos que aceleran la selección de objetivos y comprimen la deliberación ética hasta hacerla desaparecer. Lo que emerge no es solo una denuncia técnica, sino una pregunta moral urgente sobre quién es responsable cuando la violencia se automatiza y se subcontrata a servidores y nubes digitales.
- Sistemas de IA israelíes procesan en segundos quién puede ser atacado, dónde y con cuánta destrucción colateral aceptable, eliminando la deliberación humana del ciclo de violencia.
- La población de Gaza es convertida en categorías estadísticas dentro de algoritmos, una forma de deshumanización sistemática que precede y facilita el ataque físico.
- Google, Amazon, Microsoft y Palantir no son proveedores neutrales: sus contratos multimillonarios, como el Proyecto Nimbus, integran su infraestructura directamente en operaciones militares y de inteligencia israelíes.
- Investigadores y activistas señalan que denunciar solo las armas convencionales es insuficiente; la lucha debe apuntar a las infraestructuras digitales invisibles que hacen posible la vigilancia y la persecución.
- La opacidad de estos sistemas automatizados dificulta la rendición de cuentas: la cadena de decisiones ocurre más allá de la supervisión humana, diluyendo la responsabilidad política y moral.
Dos investigaciones recientes sacan a la luz una dimensión ignorada del conflicto en Gaza: el papel central de la inteligencia artificial y las grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses en la arquitectura de la ocupación. Una proviene del Institute for Economics & Peace, firmada por Charles Fitchew; la otra, de Al-Shabaka: The Palestinian Policy Network, escrita por Marwa Fatafta. Ambas llegan a la misma conclusión incómoda: la tecnología ya no es un instrumento secundario en la guerra, sino su columna vertebral.
La guerra moderna no habita en aviones ni misiles visibles, sino en servidores, nubes digitales y algoritmos capaces de clasificar y rastrear en segundos. En Gaza, sistemas como Lavender, The Gospel y Where's Daddy funcionan como máquinas de procesamiento de datos que generan listas de objetivos humanos, determinan dónde serán atacados y calculan cuánta destrucción colateral es aceptable. El algoritmo no aprieta el gatillo, pero decide quién está en la mira.
El problema es político y moral antes que técnico. Cuando una población entera se reduce a datos procesables, la deshumanización se vuelve sistemática: una vida concreta se convierte en una probabilidad estadística. Lo que antes exigía deliberación ética y responsabilidad política queda comprimido en una cadena automatizada que opera más allá de la supervisión humana.
La otra mitad del problema tiene dirección precisa: Silicon Valley. El informe de Al-Shabaka señala a Google, Amazon, Microsoft y Palantir como actores centrales. El Proyecto Nimbus vincula a Google y Amazon con la infraestructura digital israelí mediante un contrato de miles de millones de dólares. Estas corporaciones, que se presentan al mundo como empresas progresistas, participan en la arquitectura material de la violencia.
La conclusión es clara: no basta con denunciar las bombas que caen. Es necesario apuntar hacia quienes construyen y sostienen los sistemas de vigilancia, selección y persecución que hacen posible la guerra contemporánea. La lucha por Palestina debe dirigirse también hacia esas infraestructuras invisibles.
Dos investigaciones recientes iluminan una dimensión que ha permanecido en la sombra de los debates sobre la guerra en Gaza: el papel central de la inteligencia artificial y las corporaciones tecnológicas estadounidenses en la arquitectura de la ocupación y la vigilancia. La primera, del Institute for Economics & Peace, lleva por título «Cómo la inteligencia artificial está transformando el conflicto y la paz», escrita por Charles Fitchew. La segunda proviene de Al-Shabaka: The Palestinian Policy Network, bajo la autoría de Marwa Fatafta, y se enfoca específicamente en cómo las grandes tecnológicas potencian los crímenes y la ocupación israelí. Ambas apuntan hacia una conclusión incómoda: la tecnología ya no es un instrumento secundario en la guerra, sino su columna vertebral.
Durante décadas, cuando se mencionaba tecnología militar, la imaginación pública se dirigía hacia lo visible: aviones de combate, misiles de crucero, drones que surcaban el cielo, satélites orbitales. Pero la guerra moderna habita en otro lugar. Vive en servidores que procesan información a velocidades que ningún ser humano podría alcanzar. Existe en las nubes digitales donde se almacenan bases de datos masivas. Se materializa en algoritmos de inteligencia artificial capaces de clasificar, rastrear e identificar en cuestión de segundos. En Palestina, y particularmente en Gaza, esta infraestructura invisible se ha convertido en parte integral de la máquina de ocupación.
Israel no presenta estos sistemas como herramientas de vigilancia y selección de objetivos. Su narrativa oficial los describe como mecanismos de defensa. Pero las investigaciones revelan un uso mucho más amplio y sistemático. Sistemas nombrados como Lavender, The Gospel y Where's Daddy funcionan como máquinas de procesamiento de datos que generan listas de objetivos humanos y materiales. Lo que hacen, en términos simples, es permitir que algoritmos decidan quién puede ser atacado, dónde será atacado y cuánta destrucción colateral es aceptable alrededor de ese objetivo. La máquina no aprieta el gatillo, pero sí determina quién está en la mira.
El problema trasciende lo técnico. Es fundamentalmente político y moral. Cuando una población entera bajo ocupación se reduce a un conjunto de datos procesables, la deshumanización se vuelve sistemática. Una persona deja de ser una vida concreta, con familia, historia, derechos y dignidad. Se convierte en una probabilidad estadística, una categoría dentro de un algoritmo, una entrada en una base de datos. La inteligencia artificial no comete el acto de violencia, pero lo hace más rápido, más opaco y más fácil de justificar. Lo que antes requería deliberación ética, análisis cuidadoso y responsabilidad política puede ahora comprimirse en una cadena automatizada de decisiones que ocurren más allá de la supervisión humana.
La otra mitad del problema tiene dirección clara: Silicon Valley. El informe de Al-Shabaka señala directamente a Google, Amazon, Microsoft y Palantir como actores centrales, no como proveedores neutrales de herramientas inocentes. Sus servicios están integrados profundamente en las operaciones militares, de inteligencia y vigilancia del Estado israelí. El Proyecto Nimbus, por ejemplo, vincula a Google y Amazon con la infraestructura digital israelí mediante un contrato que suma miles de millones de dólares. Microsoft y Amazon Web Services han sido identificadas por su papel en el alojamiento, procesamiento y soporte técnico de sistemas utilizados directamente por estructuras militares y de seguridad israelíes. Estas corporaciones se presentan al mundo como empresas modernas, limpias y progresistas. En realidad, participan en la arquitectura material de la violencia.
La guerra contemporánea no depende únicamente de fábricas de armas tradicionales. Está determinada por empresas tecnológicas que proporcionan la infraestructura sin la cual los sistemas de vigilancia y ataque no podrían funcionar. Sin servidores no hay almacenamiento de datos masivos. Sin plataformas en la nube no hay procesamiento a escala industrial. Sin inteligencia artificial no hay clasificación acelerada de objetivos. Sin estas plataformas privadas, muchos Estados no podrían ejecutar sus políticas de vigilancia y guerra con la eficacia que actualmente demuestran. La lucha por Palestina, entonces, debe dirigir su atención hacia estas infraestructuras invisibles. No es suficiente denunciar las bombas que caen. Es necesario apuntar hacia quienes hacen posible la selección, vigilancia y persecución de pueblos enteros.
Citas Notables
La inteligencia artificial no aprieta el gatillo por sí sola, pero puede hacer que matar sea más rápido, más opaco y más fácil de justificar— Análisis de las investigaciones citadas
La lucha por Palestina también debe mirar hacia las infraestructuras invisibles. No basta con denunciar las bombas. Hay que apuntar a quienes hacen posible la selección, vigilancia y persecución— Conclusión de los estudios analizados
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué importa que sea un algoritmo el que selecciona objetivos y no un oficial militar tradicional?
Porque un algoritmo puede procesar millones de datos en segundos y generar listas de objetivos sin que nadie tenga que mirar a los ojos a la persona que será atacada. La máquina crea distancia moral.
¿Entonces Google y Amazon son responsables de los ataques?
No es tan simple. Ellas proporcionan la infraestructura. No aprietan el gatillo. Pero sin sus servidores, sin su capacidad de procesamiento, sin sus plataformas, el sistema no funcionaría. Son cómplices estructurales.
¿Qué significa convertir a una población en datos?
Significa que dejas de ver a una persona como alguien con familia, historia, derechos. La ves como un número, una probabilidad, una entrada en una base de datos. Es más fácil atacar a un dato que a una persona.
¿Estos sistemas de IA toman decisiones de forma independiente?
No. Pero aceleran el proceso de toma de decisiones humanas y lo hacen más opaco. Lo que antes requería deliberación ahora ocurre en milisegundos, fuera del escrutinio público.
¿Hay alguna forma de detener esto?
La lucha tiene que dirigirse hacia las infraestructuras invisibles. No basta denunciar las armas. Hay que cuestionar a las empresas que hacen posible todo el sistema.
¿Otros países usan estos mismos sistemas?
Probablemente. Pero en Gaza es donde se ve con mayor claridad cómo la tecnología se ha convertido en arma de ocupación sistemática.