Más de un siglo después de que Sigmund Freud advirtiera que el acuerdo perpetuo entre dos personas revela la ausencia de pensamiento en una de ellas, su reflexión encuentra nuevo suelo en una era donde los algoritmos diseñan entornos que eliminan la fricción intelectual. La autonomía del pensamiento, lejos de ser un lujo filosófico, es la condición mínima del diálogo genuino. Lo que Freud llamaba diferencia, hoy lo llamamos resistencia necesaria frente a la conformidad digital.