Los sismos siempre han estado ahí, ahora simplemente los vemos con mayor claridad
En un año marcado por temblores en múltiples continentes, la ciencia ofrece una respuesta que no es nueva, sino más nítida: la Tierra sigue su ritmo milenario de fricción entre placas tectónicas, y lo que ha cambiado no es el planeta, sino nuestra capacidad de escucharlo. Luis Quintanar Robles, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM, recuerda que estos movimientos son el pulso natural de una corteza terrestre en perpetuo desplazamiento. La alarma de 2026 es, en gran medida, un reflejo de instrumentos más sensibles y redes más densas, no de una geología enloquecida.
- Una oleada de sismos en California, Japón, Venezuela y México ha generado inquietud global, con un temblor de magnitud 6.5 sacudiendo Guerrero como el episodio más intenso del año en territorio mexicano.
- La detección de actividad sísmica en regiones históricamente tranquilas ha alimentado teorías sobre cambios geológicos profundos, sembrando incertidumbre entre ciudadanos y medios de comunicación.
- Expertos de la UNAM intervienen para desactivar la alarma: los sismos responden al mismo mecanismo de fricción entre placas que ha operado durante millones de años, sin evidencia de nuevas fallas activadas ni transformaciones geológicas fundamentales.
- La clave del aparente aumento está en la tecnología: México pasó de seis estaciones sísmicas en 1910 a más de cien estaciones de banda ancha hoy, lo que permite registrar hasta los temblores más débiles con precisión sin precedente.
- El debate se desplaza así del miedo a la comprensión: 2026 no marca un planeta más agitado, sino una humanidad mejor equipada para observar lo que siempre ha estado ocurriendo bajo sus pies.
A lo largo de 2026, una sucesión de temblores en distintos rincones del mundo —incluyendo un sismo de magnitud 6.5 en Guerrero— ha puesto en alerta a científicos y ciudadanos. Lo que más ha inquietado no es la actividad en las zonas sísmicas conocidas, sino su aparición en regiones donde los movimientos telúricos son inusuales. Para responder a esa inquietud, Luis Quintanar Robles, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM y responsable de la Red Sismológica del Valle de México, ofrece una explicación que tranquiliza más de lo que alarma.
Los sismos, señala el experto, son la consecuencia directa del movimiento de las placas tectónicas: enormes secciones de roca que se desplazan en direcciones distintas y a velocidades variables. Cuando se encuentran, la fricción acumula energía que tarde o temprano se libera como movimiento sísmico. No hay nada nuevo en este mecanismo; lleva millones de años operando. Los temblores recientes en California, Japón, Venezuela y el Pacífico ocurren precisamente en los bordes donde las placas se rozan, como la falla de San Andrés o el límite entre la placa del Caribe y la de Sudamérica.
La intensidad y frecuencia de los sismos dependen de la velocidad relativa entre placas. En regiones como el Caribe mexicano, Chile o Perú, donde el movimiento es más rápido, los temblores son más frecuentes. Donde el desplazamiento es lento, los intervalos se amplían. En ningún caso hay evidencia de que nuevas fallas se estén activando o de que la geología planetaria esté cambiando de forma fundamental.
Entonces, ¿por qué parece que hay más sismos ahora? La respuesta está en la tecnología. A principios del siglo XX, México tenía apenas seis estaciones sísmicas para todo el territorio. Hoy cuenta con más de cien estaciones de banda ancha distribuidas estratégicamente, capaces de registrar hasta los movimientos más débiles. Lo que 2026 ha revelado no es un planeta más agitado, sino una humanidad con mejores oídos para escuchar lo que siempre estuvo ahí.
A lo largo de 2026, el mundo ha experimentado una oleada de temblores. En México, donde los sismos son parte de la realidad cotidiana, decenas de movimientos telúricos han sacudido el territorio, siendo el más intenso un temblor de magnitud 6.5 registrado en Guerrero. Pero lo que ha llamado la atención de científicos y ciudadanos por igual es que estos movimientos no se limitan a las zonas sísmicamente activas conocidas: también se han detectado en regiones donde la actividad sísmica es inusual. Para entender qué está ocurriendo bajo nuestros pies, Luis Quintanar Robles, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM y responsable de la Red Sismológica del Valle de México, ofrece una explicación que tranquiliza más de lo que alarma.
Los sismos, explica Quintanar Robles, son consecuencia directa del movimiento de las placas tectónicas que conforman la corteza terrestre. Estas enormes secciones de roca se desplazan constantemente en direcciones distintas y a velocidades diferentes. Cuando se encuentran, la fricción entre ellas genera una acumulación de energía que, eventualmente, se libera en forma de movimiento sísmico. No se trata de un fenómeno nuevo ni de un cambio geológico alarmante: es el mecanismo fundamental que ha operado durante millones de años.
Los temblores más recientes, tanto en California como en Japón y el Pacífico, ocurren precisamente en los bordes donde las placas tectónicas se encuentran y friccionan. La famosa falla de San Andrés, que atraviesa California, es un ejemplo clásico de este tipo de límite de placa. En el caso de Venezuela, el fenómeno responde a la misma lógica: el país se ubica en el punto donde la placa del Caribe y la placa de Sudamérica se deslizan en direcciones opuestas, generando la actividad sísmica que caracteriza a la región.
La magnitud de los sismos varía según su origen. Los temblores más fuertes ocurren en los límites de las placas tectónicas, donde se concentra la mayor cantidad de energía acumulada. Los movimientos más débiles, por su parte, resultan de la activación de fallas o fracturas menores dentro de las placas. La intensidad y la frecuencia de estos eventos dependen directamente de la velocidad a la que una placa se mueve respecto a otra. En regiones como el Caribe mexicano, Chile y Perú, donde el movimiento de placas es más rápido, los sismos son más frecuentes. Donde el movimiento es más lento, los intervalos entre temblores son más amplios.
Esta comprensión del fenómeno descarta una preocupación común: no hay evidencia de que nuevas fallas se estén activando ni de que la geología del planeta esté cambiando de manera fundamental. Lo que varía es simplemente el mecanismo y la periodicidad natural de estos movimientos. Las placas tienen su propio ritmo, y ese ritmo determina cuándo y con qué frecuencia sentiremos sus movimientos.
Pero entonces, ¿por qué parece que detectamos más sismos ahora que antes? La respuesta está en la tecnología. A principios del siglo XX, México contaba con apenas seis estaciones sísmicas para monitorear todo el territorio nacional. Hoy, más de cien estaciones de banda ancha están distribuidas estratégicamente a lo largo del país, proporcionando una capacidad de detección exponencialmente mayor. Cada temblor, incluso los más débiles, es registrado y catalogado. En una ciudad densamente poblada como la Ciudad de México, este monitoreo constante es especialmente crucial, no porque la actividad sísmica sea nueva, sino porque la población que podría verse afectada es enorme.
Lo que 2026 ha revelado, entonces, no es un cambio en el planeta, sino un cambio en nuestra capacidad de observarlo. Los sismos siempre han estado ahí, liberando energía en los límites de las placas. Ahora simplemente los vemos con mayor claridad.
Citações Notáveis
Los sismos ocurren por las placas tectónicas, estas se mueven en diferente dirección y velocidad y generan fricción— Luis Quintanar Robles, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM
La intensidad o la frecuencia de los sismos varía dependiendo de qué tan rápido se mueva una placa respecto a otra— Luis Quintanar Robles
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué la gente siente que hay más sismos ahora que antes?
Principalmente porque tenemos instrumentos mucho más sensibles. En 1910 teníamos seis estaciones sísmicas en todo México. Ahora hay más de cien. Detectamos temblores que antes pasaban desapercibidos.
Pero ¿realmente no ha cambiado nada en la geología del planeta?
No ha cambiado el mecanismo fundamental. Las placas tectónicas se mueven como siempre lo han hecho, en sus límites, a diferentes velocidades. Lo que ha cambiado es nuestra capacidad de verlo.
¿Entonces por qué algunos lugares que no son sísmicamente activos están sintiendo temblores ahora?
Esos lugares sí están en límites de placas, pero tal vez no los conocíamos bien. Venezuela, por ejemplo, está exactamente donde la placa del Caribe y la de Sudamérica se deslizan. Siempre ha sido así.
¿Hay algo que debería preocuparnos?
No hay evidencia de nuevas fallas activándose. Lo que varía es la velocidad del movimiento de placas en diferentes regiones. Donde se mueven más rápido, hay más sismos. Donde se mueven lentamente, hay menos.
¿Y la Ciudad de México?
Es una zona densamente poblada, así que el monitoreo constante es crítico. No porque la actividad sea nueva, sino porque hay millones de personas que podrían verse afectadas.