Estudio revela que los escándalos no frenan la música de artistas polémicos

R. Kelly fue condenado a 31 años de prisión por pornografía infantil, tráfico sexual y crimen organizado; Diddy fue condenado a cuatro años por delitos relacionados con prostitución.
La cancelación no depende del público, sino de la visibilidad que las plataformas deciden otorgar
El verdadero poder sobre qué artistas permanecen visibles reside en las decisiones editoriales de las plataformas de streaming, no en la reacción del público.

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha debatido si es posible separar al creador de su obra. Un equipo de investigadores de la Universidad de Cornell ha aportado una respuesta perturbadora: los oyentes no solo logran esa separación, sino que los escándalos más graves rara vez reducen el consumo musical de forma sostenida. Lo que determina si un artista permanece en el oído colectivo no es la indignación pública, sino las decisiones algorítmicas y editoriales de plataformas como Spotify, que ejercen un poder cultural silencioso y casi mecánico.

  • Artistas condenados por delitos gravísimos —como R. Kelly, sentenciado a 31 años por tráfico sexual y pornografía infantil— continuaron acumulando millones de reproducciones incluso después de que estallara la indignación pública.
  • La retirada simbólica de música de playlists oficiales no fue suficiente: las escuchas de R. Kelly solo cayeron cuando Spotify redujo activamente su visibilidad en el algoritmo, revelando que el acceso manda más que la moral.
  • Casos como los de Diddy y Morgan Wallen muestran que los escándalos virales, lejos de hundir la demanda, a veces generan picos temporales de escuchas impulsados por la curiosidad.
  • La investigadora Jura Liaukonyte concluye que la verdadera 'cancelación' no ocurre en redes sociales ni en la opinión pública, sino en las salas de juntas donde se deciden los algoritmos.
  • El estudio reencuadra el debate cultural: el poder sobre qué artistas sobreviven a sus escándalos reside en las empresas tecnológicas, no en la conciencia colectiva de los oyentes.

Hace décadas que nos formulamos la misma pregunta incómoda: ¿puede la música existir separada de quien la creó? Un equipo de la Universidad de Cornell acaba de documentar que sí, y que esa separación ocurre con más facilidad de la que muchos quisieran admitir.

El caso más extremo del estudio es el de R. Kelly, condenado a 31 años de prisión por pornografía infantil, tráfico sexual y crimen organizado. En 2018, Spotify retiró su música de las playlists oficiales como gesto simbólico. Sin embargo, las canciones siguieron acumulando reproducciones: los oyentes las buscaban y las encontraban. Solo cuando la plataforma redujo activamente la visibilidad del artista en su algoritmo comenzaron a caer las cifras. La profesora Jura Liaukonyte, que lideró la investigación, fue directa: el consumo no bajó porque la gente cambiara de opinión, sino porque la plataforma hizo más difícil encontrar la música.

El estudio examinó también a Sean 'Diddy' Combs —condenado a cuatro años por delitos relacionados con prostitución— y a Morgan Wallen, grabado en 2021 usando un insulto racial. En ambos casos, las redes sociales ardieron y los medios cubrieron los escándalos de forma masiva. Aun así, los investigadores no hallaron evidencia de una caída sostenida en la demanda de streaming. En varios casos, la controversia coincidió con picos temporales de escuchas, como si el escándalo hubiera funcionado como publicidad involuntaria.

Lo que el estudio revela es el enorme poder editorial de las plataformas digitales. Spotify, Apple Music o YouTube Music no son conductos neutrales: deciden qué aparece en portada, qué recomienda el algoritmo y qué se oculta. Cuando una plataforma reduce la presencia de un artista, el consumo cae. Cuando no lo hace, la demanda se mantiene estable. La verdadera cancelación, concluye Liaukonyte, no ocurre en Twitter ni en conversaciones de café, sino en las salas de juntas donde se toman decisiones sobre algoritmos. El público puede estar furioso, pero si la plataforma sigue recomendando la música, la gente seguirá escuchándola.

Hace décadas que nos hacemos la misma pregunta: ¿es posible escuchar una canción sin pensar en quién la escribió? ¿Podemos disfrutar de la música separada de la persona que la creó? Un equipo de investigadores de la Universidad de Cornell acaba de ofrecer una respuesta que desafía lo que muchos asumían sobre cómo reaccionamos ante los escándalos de nuestros artistas favoritos. La conclusión es incómoda: sí, los oyentes logran esa separación. Y en algunos casos, los escándalos ni siquiera frenan el consumo.

El caso más brutal del estudio es el de R. Kelly. El artista fue condenado a 31 años de prisión por pornografía infantil, tráfico sexual y crimen organizado. En 2018, Spotify tomó una decisión pública: retiró su música de las playlists oficiales de la plataforma. Fue un gesto simbólico importante, una forma de que la compañía dijera: esto no lo vamos a promocionar. Pero algo inesperado sucedió. Las canciones de Kelly continuaron acumulando reproducciones. Los oyentes seguían buscándolas, encontrándolas, escuchándolas. No fue hasta que Spotify redujo activamente la visibilidad del artista en su algoritmo cuando las cifras comenzaron a caer.

Jura Liaukonyte, la profesora que lideró la investigación, lo expresó con claridad: el consumo no bajó porque la gente cambiara de opinión sobre la música. Bajó porque la plataforma hizo más difícil encontrarla. Es una distinción crucial. Sugiere que nuestras decisiones como oyentes no son tan morales como creemos, o al menos no son tan determinantes como el acceso que nos ofrecen las plataformas.

El estudio también analizó otros casos de alto perfil. Sean 'Diddy' Combs fue condenado a cuatro años por delitos relacionados con prostitución. Morgan Wallen fue grabado en 2021 usando un insulto racial. En ambos casos, las redes sociales explotaron. Los medios de comunicación cubrieron los escándalos de manera masiva. Hubo indignación real, conversaciones genuinas sobre si estos artistas merecían ser escuchados. Y sin embargo, los investigadores no encontraron evidencia de una caída sostenida en la demanda de streaming. De hecho, en varios casos, los escándalos coincidieron con picos temporales de escuchas, como si la controversia hubiera generado curiosidad.

Esto apunta a algo más profundo sobre cómo funcionan las plataformas de streaming en la cultura contemporánea. Spotify, Apple Music, YouTube Music: no son simples conductos neutrales de música. Son intermediarios culturales con un poder editorial enorme. Deciden qué aparece en la portada, qué recomienda el algoritmo, qué se promociona y qué se oculta. Cuando una plataforma reduce la presencia de un artista, el consumo baja. Cuando no lo hace, la demanda se mantiene estable. Es casi mecánico.

Liaukonyte lo resumió así: la llamada 'cancelación' no depende tanto del público como de la visibilidad que las plataformas deciden otorgar. Eso significa que la verdadera cancelación no ocurre en Twitter o en conversaciones de café. Ocurre en las salas de juntas donde se toman decisiones sobre algoritmos. Ocurre cuando un ejecutivo de una plataforma decide que un artista ya no merece estar visible. El público puede estar furioso, pero si la plataforma sigue recomendando la música, la gente seguirá escuchándola.

El estudio no ofrece respuestas morales. No dice si está bien o mal separar la obra del artista. Solo documenta que lo hacemos, y que lo hacemos con más facilidad de la que imaginábamos. Pero sí plantea una pregunta incómoda sobre dónde reside el verdadero poder en la cultura digital: no en nuestras conciencias como oyentes, sino en las decisiones que toman las empresas que controlan cómo accedemos a la música.

El consumo no bajó porque los oyentes cambiaran de opinión, sino porque Spotify dificultó encontrar su música
— Jura Liaukonyte, profesora de la Universidad de Cornell
Las plataformas son intermediarios culturales con un poder enorme. La llamada 'cancelación' no depende tanto del público como de la visibilidad que las plataformas deciden otorgar
— Jura Liaukonyte
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

Entonces, según este estudio, la gente no deja de escuchar a artistas problemáticos simplemente porque se entere de sus crímenes.

Model

Exacto. Lo que el estudio muestra es que la indignación en redes sociales no se traduce automáticamente en un boicot real. La gente sigue buscando la música.

Inventor

Pero ¿eso significa que la gente no le importa lo que hizo el artista?

Model

No necesariamente. Podría significar que la gente es capaz de compartimentar, de disfrutar algo sin endosar al creador. O podría significar que la conveniencia de acceso supera la convicción moral. El estudio no responde eso.

Inventor

Entonces, ¿quién tiene el poder real de frenar a un artista?

Model

Las plataformas. Spotify puede retirar a alguien de sus playlists, reducir su visibilidad en el algoritmo, hacerlo más difícil de encontrar. Eso sí genera una caída en escuchas.

Inventor

¿Significa eso que la cancelación es un mito?

Model

No es un mito, pero no funciona como creemos. No es el público el que cancela. Es la decisión editorial de las plataformas. El público puede estar furioso, pero si Spotify sigue recomendando la música, la gente seguirá escuchándola.

Inventor

¿Y qué pasa cuando las plataformas no toman decisiones?

Model

Entonces la música sigue fluyendo. Los escándalos generan ruido, a veces hasta picos temporales de curiosidad, pero no frenan el consumo de forma sostenida.

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