Desde tiempos inmemoriales, el oro ha aparecido en la corteza terrestre de formas que desafiaban la lógica de los modelos geológicos convencionales. Un equipo internacional de investigadores, liderado desde la Universidad Monash en Australia, ha publicado en Nature Geoscience un hallazgo que reencuadra este misterio: los terremotos, al comprimir cristales de cuarzo, generan voltaje piezoeléctrico capaz de precipitar el oro disuelto en fluidos hidrotermales, acumulándolo en puntos específicos a lo largo de miles de años y múltiples ciclos sísmicos. Lo que parecía una distribución caprichosa del